¿Dónde está la música? – Interludio

Mudanzas. Abortar la rutina desde una matriz a otra. La vida cabe en cajas de cartón.

Mi emancipación de adulta hacia mi primer apartamento exigió hacer un inventario de cuanto objeto de valor tuviese.  En mi caso: libros, fotografías (de las de papel fotográfico, no las del feed de redes que se pierde en el olvido), y una modesta cantidad de música en formato físico. Discos compactos, casetes originales o con música descargada de la radio y vinilos. Primero herencia familiar, luego adquisiciones con el dinero de fin de semana que te daban por sacar buenas calificaciones.

Era una hermosa colección, y entre una mudanza y otra, se perdió. Al contarle mi infortunio al grupo de nativos digitales, recibí rostros de confusión y burla: “Todo eso está en YouTube y Spotify, ¿cuál es el problema?”, saeta lanzada al mejor estilo generación Z: sin mirar a los ojos, porque hay algo mejor en el teléfono. Perdónalos, Señor. Cuando el universo musical te cabe en el bolsillo lo das por sentado. O nunca sales a explorarlo.

Todo completa su ciclo y a la vez, todo vuelve. Pero solo a los concebidos en la década de los ochenta, que bajábamos música de la radio y usamos un walkman cada vez más chico, nos tocó vivir la experiencia de que nos arrebataran los formatos físicos de las manos en pleno florecer hacia la vida adulta. Los vinilos quedaron engavetados y el tornamesa del hogar pasó a la habitación de depósito, a la casa de empeño, o al basurero del vecindario y desde ahí, como mudo testigo del tedio que ahora representaba levantarse a seleccionar un disco y acomodar la aguja, pasó a ser un silencioso cachivache. El mismo tocadiscos que animó las fiestas de adolescentes, la llegada del bebé, los brindis de Año Nuevo o el aniversario de los abuelos, perdió su lugar en la sala familiar.

Los casetes se volvieron una opción más cómoda y práctica para disfrutar la música, sea que fuera en un boom box para amenizar la reunión en el parque, o en la habitación con los amigos, para soñar con formar su propia banda. Esa relación hubiese durado, de no haber sido por la insistencia de los DJs de chacharear durante la melodía que tanto queríamos grabar desde la emisora, o por el hecho de que el traicionero reproductor mascaba la cinta cuando se le antojaba y era hora de buscar un lápiz e intentarlo de nuevo, o rogar que la lista de canciones románticas que habíamos grabado para esa persona especial no se hubiese perdido para siempre.

Las bandas panameñas más exitosas grabaron su material sin saber que en un futuro, una máquina osaría reemplazar los instrumentos, la voz y todo lo “artesanal”.
(Dibujo realizado por Abraham Núñez)

Para el adolescente de los noventas, acudir a una tienda de discos era toda una experiencia: ir con tu mejor amigo a seleccionar el tan buscado CD que, por afortunada casualidad, estaría en oferta, o usar la máquina que te permitía escuchar el resto de las canciones del álbum del cual te interesaba una sola canción. Los CDs eran algo costosos, por eso llevarse uno era una decisión grupal. Las cajas eran incómodas de abrir, muchas veces se partían, pero era un producto completo: traía un cuadernillo que, aparte de los créditos (si es que alguno tenía el paladar para entender la importancia de esta información), traía las letras de las canciones y de vez en cuando fotografías de la banda, que no encontrabas en otro sitio, porque las bandas vivían en el disco. O en MTV cuando no eran una maratón de programas de patéticos personajes con ansias de fama instantánea.  

Con el reproductor personal walkman, tanto de casetes como luego los de discos compactos con sus bondades y dolores, la música se convirtió en una ceremonia de aislamiento. Terminó la comunión entre amigos que se reunían a escuchar el nuevo álbum de su banda preferida, para ser reemplazada por la burbuja invisible en la que se refugia todo el que utiliza audífonos y un reproductor de música portátil. El escudo que nos separa de la algarabía del vulgo, de la cacofonía del tráfico y a las mujeres, del acoso callejero. Usar audífonos se volvió una postura política: me abstengo de escucharte. 

Paralelo a esto, en una transición callada, plagada de rostros aturdidos con la nueva hipnosis que representaba la Internet y las descargas en plataformas de peer-to-peer, las tiendas de música fueron poco a poco cerrando. Ya no sonaban cuñas en radio sobre los más vendidos, ni los boletos para conciertos que se vendían en estos locales. Se volvieron espacios disponibles para renta, para abrir una sala de masajes o un local de bienes raíces. Se terminó la música, se encendieron las luces y volvimos a casa. Pero ya no había casa a la que volver.

Vagamos sin rumbo e hipnotizados por las horas ridículas de descargas, la computadora permanecía encendida de sol a sol y los discos en blanco se volvieron el objeto más codiciado en las farmacias. Absurdo: ahora los ahorros de casa se usaban para comprar discos de nada, para atiborrarlos con el capricho de hacer una lista en donde la distorsión depresiva de Soundgarden sonara después de las gloriosas cuerdas de more information Queen. Ignoro si http://ezparkindy.com/355_W_McCarty_St.htm Freddy Mercury y Chris Cornell se saludan al cruzarse en los pasillos del cielo de los rockeros, o si se ignoran en persona, pero se dan likes en sus redes celestiales.

La década del mp3 calcinó la música. Los walkmans desaparecieron, los autos perdieron la casetera y luego la ranura para los CDs, se dejaron de vender equipos de sonido y los discos se volvieron decoración. Ahora, luego de empalagarnos con descargas, iPods y plataformas como Spotify y Apple Tunes con su interminable y abrumador catálogo de opciones (como un Tinder para los oídos), la historia se voltea. Tiendas de discos ofrecen los tan apreciados vinilos, muchas bandas siguen grabando discos tanto en formato digital como en análogo, y en las tiendas virtuales se pueden conseguir casetes, discos y tornamesas. Alguien argumentará que las plataformas permiten llevar el sonido a fronteras donde jamás iría una banda en persona. Cierto, pero no deja de ser doloroso que en lugar de dejarnos encantar por la cosquilla de una melodía, ahora revisamos la lista de cuántas reproducciones tiene tal canción de dicha banda, en lugar de abrir el corazón a lo que nos encante primero.

Esa lista es una atrevida imposición basada en lo que el grueso del mundo consumidor escucha, y ni siquiera sabemos si realmente escuchan. Hay canciones que me obligan a detenerme en lo que sea que esté haciendo, sentarme o caminar como un fantasma atormentado en casa y cerrar los ojos: el deseo vehemente de “Vampiro Abstemio” (Peso Neto), la epopeya de “Él derramó su amor por ti” (Océano) y el gemido en soledad de “Tarde de Agonía (Instinto) por mencionar algunas. Porque precisamente, ese fue mi primer coqueteo con el rock en disco: mis bandas nacionales, mis compatriotas. Sus discos cayeron primero en mis manos antes que cualquier importación extranjera. Sus voces retumbaron en mi pecho, tanto en vivo como en mi habitación. Y un pedazo de ellos vivió conmigo en sus discos.

Pero abortar la rutina hizo que se extraviaran. Las buenas intenciones familiares empacaron mis valiosos discos en cajas de venta de patio, o simplemente alguien dijo: “ya esto está en la nube” y sin pedirme permiso los divorció de su empaque, los obligó a entrar a un feo mueble de esquina con cualquier otra cacofonía apta para música de fondo en la próxima borrachera, para ser optimistas. Porque lo más seguro es que siguen rodando en el piso de algún armario, mientras yo corro de un lugar a otro con la música en mis oídos, mientras camino en la selva citadina e ignoro a los vendedores ambulantes.

La música no está ahí. La endemoniada aplicación permite salirse de ella y abrir cuanta tontería aterrice en los grupos de chateo, leer las hostilidades de los tuiteros, darle indicaciones al chofer de Uber, pagar cuentas, en fin: todo lo menos importante. El solo de guitarra está solo, ya no se escucha con los ojos cerrados. Ni siquiera en el auto está a salvo: entra una llamada y el acorde queda “suspendido”, literalmente. Te distraes y no recuerdas qué estabas escuchando. Ya no importa, la música siempre ahí, a una tarifa mensual. Y si te aburre, desliza a la derecha. Hazle eso a un vinilo y lo pagarás con sangre. Pero Spotify en su prostitución te complace, porque pagas. Sea que escuches todo el playlist de “Panamá, na’mas” o lo más selecto del misógino reggaetón.

Tarde de trabajo. Los exigentes veinteañeros elaboran y rotulan su mejor versión del hígado, el páncreas y la vesícula biliar en colores. Por sugerencia mía, se acompañan de música en sus teléfonos y computadoras. Una chica abre orgullosa su lista de canciones favoritas: ni un solo instrumento suena en ellas, solo sonido digital, y sus inocentes oídos no conocen la diferencia ni les interesa. Ella desconoce el olor de un vinilo, el brillo de un CD o el pulso de una casetera.

Spotify cuenta con un catálogo de unas cuarenta millones de canciones y alrededor de 96 millones de suscriptores en 2018. Muchos saltos de canciones.
(Datos obtenidos del sitio oficial de Spotify).

La generación impaciente se da el lujo de buscar la canción, armar una lista de gente que jamás se miraría a la cara y escucharla, sin terminar las canciones. A medio camino da deslizar a la derecha, escucha diez segundos y dice: “qué buena canción”, pero sigue a la siguiente. Igual que lo hacen otros con sus parejas potenciales, con las fotos de sus familiares, con las confesiones de sus amistades o con la última canción en vivo que esa banda que maneja a la perfección sus redes subió para deleite de sus fanáticos, los mismos que engullen horas de series de tronos y capos, pero que no tienen tiempo para escuchar una canción entera, ni dejarse extasiar por un solo de guitarra.

¿Dónde está la música? Allá me quiero ir, y no regresar.



Deja un comentario