Héroe de Guitarra I – René Díaz (primera parte)

“La guitarra, antes de ser instrumento, fue árbol” – Atahualpa Yupanqui.
Dibujo realizado por Paola Urriola.

Culminaba la semana de la impuesta jornada, hogares de acogida y abrazos congelados en fotografías a las que nadie vuelve.  Un viernes insípido, no es quincena, pero hay oportunidad (o necesidad) de disfrutar por unas horas fuera de casa. Las clásicas peregrinaciones al cine, los bares no se dan abasto con su cerveza artesanal. En cambio, los sitios para apreciar música en vivo son la última opción de la lista. No falta el que pregunta “¿a cuánto las pintas?” y usa la respuesta como determinante para asistir.

De ahí que acudir a un toque de covers en el área social de un conocido hotel me sonó a una ofensa a mis principios de melómana, a la fortuna de haber recibido la unción del momento cúspide para el rock nacional y sus líderes, sus faros de belleza y rebeldía en las olas del vaivén político. Mi enfado tenía poco que ver con el repertorio a presentar, o con la calidad de los músicos. La disonancia provenía de la persona que hizo la invitación.

“Voy a tocar covers mañana en la noche. Es gratis, si deseas asistir”.

Como si adivinase mi nivel de fascinación con un antecedente específico de su trayectoria, me aclaró que ese día tocaría el bajo. No me sorprende. Los músicos de calidad y escuela suelen ser versátiles con los instrumentos: aprender la teoría musical, ensayar con disciplina espartana y posterior a eso encontrar la fascinación y trazar un sueño para la vida artística, anula todo conformismo. El verdadero músico se impacienta por saber más, por dominar los instrumentos o al menos entablar una relación con ellos, y como un jugador profesional de equipo, se prepara para poder llenar cualquier vacío en la cancha. Se entrena para estar ahí donde lo necesitan, donde nadie da la talla.

Hoy que nadamos entre harto ruido, letras banales y sonidos con la enfriada pasión de un lecho conyugal, él ignora cuánto lo necesita el rock. Cuán grande fue el puesto que dejó por razones con justo derecho, pero que no hacen menos terrible el vacío. Me siento a sufrir entre el público, rescatando con esfuerzo la belleza entre la disonancia del espectáculo que está por comenzar y la memoria plateada de los solos más espectaculares que irrumpieron en la tormenta rockera del Panamá post-invasión.

La talentosa y carismática vocalista da la bienvenida a los cuatro gatos que ocupamos los sillones del local. Su naturalidad me cautiva, nos anima a pasarla bien y cantar con ella. No lo haré, dice la voz de adolescente encerrada en mi hipocampo. En teclados, Fernando el fenómeno. Lo conozco de mis tiempos a la sombra de la estrella, lo conoce todo el que ha escuchado un teclado robándose el show. La banda rebosa de talento en sus cinco esquinas, me sudan las neuronas, me resisto a entregarme al conjuro de la buena música, sea original o no. Hasta que la imagen se vuelve real: lo observo subir al escenario y acomodarse el bajo. Mis oídos captan, mi límbico sufre. Primera vez que escucho Don’t Stop Believing con genuino dolor.

Yo nunca dejé de creer. Debo saber si él lo hizo.

 Las mesas externas del restaurante estaban vacías. Sentado ahí, se veía más majestuoso de lo que lo recordaba. La última vez fue en una de esas legendarias citas del público ávido de rock y sus bestiales majestades. De jeans y camisa abombada, sonrisa traviesa y ojos azules. Sus solos, su sinergia con la guitarra y con su cómplice, la laringe. Siempre en mancuerna, siempre necesitando uno del otro, tejiendo la manta con la que sus súbditos incondicionales cubrieron sus temores, sus torpezas de adolescencia, su soledad. Tocaba como si eso fuera su razón de existir, como si sus manos hubiesen sido labradas para sonar las cuerdas.

Era difícil imaginarlo sin la guitarra. Siempre que lo pensaba, estaba con ella. Entre sus brazos. Academia y distorsión, perfeccionismo y pasión. La corriente alimenta el instrumento, se transduce a energía sonora, hipnotiza a los fanáticos y a su vez pone su pulso a latir. El guitarrista late por la energía de sus cuerdas. Hace con ellas lo que le plazca, solo él sabe qué encaja bien y dónde. La voz sin guitarra, por excepcional que sea, no tiene en qué treparse sin los riffs, los solos y los arpegios. Las cuerdas de la garganta claman en pena por un héroe.

Hoy está en sus cuarentas. Su misión principal de la noche es estar al tanto del desempeño de su hija Andrea, bailarina profesional, quien al momento de nuestra conversación se encontraba en una competencia en Estados Unidos. Los días de volteretas en el suelo del escenario junto a su hermano, el bajista murciélago prodigioso Jem Díaz, culminaron. Ahora ocupa las tarimas con covers, sea en bajo o guitarra, intercalando las eventuales presentaciones de la otrora banda ícono del rock nacional. Me cuesta disfrutar un evento de covers, en donde la mayoría desconoce que está frente a René Díaz.

La mesera se le acerca y le facilita un menú. Ignora que bien podría pedirle un autógrafo o darle las gracias por dejar un tesoro nacional en el catálogo musical. Él nunca espera ser reconocido, solo agradece cuando alguien demuestra admiración por algo de su autoría.

Como un verdadero héroe de la guitarra.

Presentación de Instinto en Hard Rock Roof Top, 2015. Canción: Grisoscuro.
Guitarra endemoniada a cargo de René Díaz, primer artista nacional homenajeado en nuestra sección Héroes de Guitarra.


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