Incidental

bromhexine usa Son las seis de la tarde en el restaurante bar de un hotel en el centro de la zona comercial. Recién ayer terminaban los festejos de Año Nuevo y la resaca de los brindis, y se declaraban las resoluciones que empiezan con buen empuje y terminan en una maratón de series de Netflix. Vacíos mensajes de texto volaban de un teléfono a otro hace algunas horas, abrazos para fotografías de grupo con pies de fotos que nadie leerá, que solo ocuparan una décima de segundo en la mirada de alguien cuyo ejercicio diario se remite a la absurda compulsión de “desplazar, me gusta, desplazar, me gusta, desplazar…” en las redes. Ahora, la ciudad respira el despertar a un nuevo año, recordando que, para su desgracia, también es el regreso a la realidad.

nolvadex price Nadie quiere despertar. Las filas del tráfico van con la característica lentitud del que aún siente en el cuerpo el cansancio de la sesión nocturna de baile y el segundo plato que no debió ser, sin mencionar los tragos… de eso se trata la celebración: olvidar lo que sucedió este año y anestesiar el entendimiento para empezar el siguiente. A menos que sea un gol o un orgasmo, nadie celebra el segundo en nada. No me extraña, por lo tanto, que, en el segundo día del año, un lugar tan ameno esté tan poco concurrido.

http://www.vixentubez.com/87805-dapoxetine-usa.html Los humanos somos criaturas de rituales, en especial de los que involucran aprobación. Somos el centro de nuestro universo, y creemos que también lo somos para el resto. Todo es por nosotros, para que nos sirva o nos haga felices. Si en un bar hay dos artistas ejecutando instrumentos, afinando y asegurándose que el ambiente sea agradablemente complementado con música, le llaman incidental. Literalmente: accesorio, de menor importancia. Da lo mismo que fuese un altavoz con una lista de canciones reproduciéndose de forma aleatoria. El protagonista es el estofado de mariscos y las copas del mismo vino que bebes en ropa de dormir en casa pero que, consumidas con trapos elegantes y en público, le otorgan una fantasiosa sofisticación.


Rodrigo Sánchez y Juan Pablo Ordóñez amenizan la cena en el restaurante Corvina y Caña del Marriot Hotel, todos los miércoles desde las 5:30pm. Buena opción si tienes poco presupuesto y si estás cansado de la cerveza artesanal. Dibujo realizado en vivo por: Mute.

buy Dilantin 100mg El encanto de un bar con música en vivo es incuestionable. La iluminación justa, sin caer en penumbra, las esquinas de mesas adornadas con flores y velas, los suaves manteles y el discreto sonido de las copas recién lavadas que se exhiben en el mostrador, invitando a devolverles su razón de ser: llenarlas para luego vaciarlas entre anécdotas y risas. Los meseros con su elegancia en vestimenta y, afortunadamente, en modales, sugieren platos con nombres exóticos y se disculpan por los atrasos en las órdenes, aunque hay tan pocos comensales que podrían estar todos compartiendo una mesa. Por un momento se me ocurre que así sea. Igual casi todos miran una pantalla por más tiempo que lo que miran al que les acompaña.

a doctor's order is 0.125 mg of ampicillin. the liquid Suena una versión instrumental de Time after Time (la de Cyndi Lauper). Recuerdo haber cantado esa canción cada vez que me abrumaba un drama adolescente. O cada vez que el monstruo asomaba bajo la cama. Era una pausa de esperanza. Ahora coincidimos en iguales circunstancias: mi desesperanza de escritora recibe un empujón de una tonada que alivió mis tristezas alguna vez. Ejecutada por la guitarra de Rodrigo y adornada con la percusión de Juan Pablo, es su propia versión de dicho himno a la amistad. Les aplaudo, en solitario, mientras los meseros me miran extrañados.
No me importa. Disfruté más la canción que la copa de vino. O el vino me supo mejor gracias a la música .


“Time after Time” de Cyndi Lauper.

En una mesa cercana, una pareja disfruta su cena de mejillones con alguna ensalada pretenciosa. La mía, en cambio, es exquisita y sencilla. La pareja toma fotos del plato antes de degustarlo, y no comparten palabra ni mirada alguna mientras comen. Ella saca su teléfono y examina una foto trivial de una celebridad, la muestra a su compañero de mesa y ambos asienten. Los músicos acaban de terminar una versión bossa nova de otra canción popular, pero nadie prestó atención a los rasgueos, al vibrato ni a los lamentos del cajón flamenco. Son parte de la decoración, al igual que los músicos; solo agradecen que el volumen no interrumpa la conversación. Es música de fondo, a nadie le tiene que importar.

En cada una de las intervenciones del dúo cuerdas-percusión, hay ruido. Ruido de desconexión, de revisar los mensajes en el teléfono por demasiado tiempo, de cubiertos chocando con la porcelana. Pero también, y más importante, hay un ánimo compartido: tranquilidad, disposición, armonía. Y no es azarosa, es producto de la música y su efecto sobre la parte del cerebro que no está a la defensiva. La que se deja acariciar cuando la tosquedad de ambas partes en un posible negocio se rehúsa a ceder. La música accesoria, gratuita, es la que cierra el trato. Es la que recordará ella cuando evoque la historia de la primera cita. Esa música que adorna escenas, películas y estofado de mariscos, también es arte. Oportuna, al volumen preciso para no interrumpir y con el timbre anímico que favorece la experiencia de cenar con amigos y seres queridos. Merece más aprecio.



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