Cajas, Dinero y Mentiras

Cuando se apuesta por difundir el arte en las manos de quienes solo miran cifras y desconocen el proceso creativo, la inversión y la vida que cada obra lleva, peligra lo más importante para el artista: su pasión por lo que hace. Ilustración realizada por site Abraham Núñez Ibarra, después de leer este artículo.

buy lasix overnight delivery Cuatro cajas de cartón. Recuerdos de mi vida lanzados al papel, antología de momentos que giraron los goznes de mi carrera. Todo empezó con el desdén de personas que el festival más grande en honor al artista del papel contrató para su tarea de mercadeo. La presentación debió ser anunciada a periódicos, universidades, gremios educativos, no fue así. Manos negligentes ignoraron el documento que contenía el desglose de mi obra, mi esfuerzo y dinero. Al día siguiente, tomé una decisión que lamentaría años después: ceder la distribución de mis tesoros a un negocio por su amplia difusión, no por su formalidad ni compromiso con el artista independiente. Hoy, los restos del esfuerzo de ocho años como escritor publicado me fueron devueltos en un lugar público, colocados en el maletero de un auto y devueltos a mi casa, con basura incluida.

Así recibí una de las cajas de mis atesorados libros, el sábado 31 de agosto. Alguien se deshidrató en el camino, arrojó la botella detrás de su asiento y ni miró para atrás.

Luego de recibirlos sin disculpas ni asimilación del daño causado, recibí además un pago con sabor a desprecio, por las ventas pasadas. Alguien que desconoce las palabras honor, respeto y decencia tuvo mis libros fuera de circulación y lejos de mis manos por casi un año, sin comunicarse por ninguna vía y argumentando que no me encontraba, sin tener idea de lo que guardó y olvidó en alguna polvorienta esquina, detrás de cajas de cómics y artículos de oficina. Por razones desconocidas, dos días después de concluido el único festival de venta masiva para artistas del papel, debo alegrarme porque me contactaron y que todo siga como si nada. El precio por poner el arte en quienes ponen más cuidado en vender cervezas o sardinas es alto. Las consecuencias, irremediables.

Asentía en silencio al observar las cajas en el rincón de la sala. Un envase con saliva y sobras de bebida energética ocupaba el fondo de la que contenía los ejemplares restantes de mi primer libro, ese que pagué juntando monedas, como cuando en mi infancia, mi madre me llevaba al banco y me cargaba para entregarle al cajero los rollos de centavos que había ahorrado por meses. A esa edad uno desconoce cuánto bien y a la vez cuánto daño puede hacer el dinero. En mi caso, me enseñaron que ahorrar ayuda a cumplir sueños. También ayuda que tu obra sea parte de la oferta de quienes venden ocio y entretenimiento: te convencen de que el beneficio lo vale, que difundirás tu trabajo a más personas. El canto de sirenas al que todos le hacen covers.

Luego de publicar, el escritor debe conseguir quien lo distribuya a cambio de un porcentaje. En Panamá, son pocos los negocios dedicados a esta tarea, y los que lo hacen, descuidan la comunicación oportuna con el autor. Estos libros estuvieron fuera de los puntos de venta desde diciembre 2018 hasta agosto 2019.

No eran solo libros. Dentro de esas cajas que hoy observo en sollozos, está la historia que cambió mi sitio en el mundo y enrumbó mis energías hacia la identidad que no conocía. La persona que soy ahora salió del caparazón que esas páginas formaban, las amistades que a mi vida llegaron en los últimos años me conocieron a través de esos libros. Una de esas obras me abrió paso a una invitación a otro país como oradora principal, y otra ha sido objeto de estudio en grupos de lectura, salones de clase y grupos de apoyo. La lista sigue. Aparte de numerosas satisfacciones, esas cajas encierran el tiempo, recursos y empatía de personas que creyeron en mi propósito sin esperar algo a cambio; solo por la dicha de verme brillar.

Difícilmente tuvo que ver con mi decisión de publicar, la insulsa frase de los tres logros en la vida de toda persona. Sembrar un árbol no aporta nada si las manos del que lo siembra no se identifican con la trascendencia de esa tarea: el árbol estará ahí cuando el sembrador haya muerto, dará alimento y sombra a sus descendientes, o será lectura, música y calor cuando sea talado. Procrear; tarea en la que todos se sienten expertos solo por la capacidad de hacerlo. Si del árbol tamizamos el fruto más apto del resto, difícil creer que el humano es mejor que ese árbol. No todos somos hijos ejemplares de los buenos padres, ni todos los frutos saben responder a los clientes indignados de su difunto progenitor, honrar su prestigio y su memoria.

Escribir el primer libro. Cómo fue, no sé decirles cómo fue. Fue a lo mejor la impaciencia de tanto esperar su llegada.

La primera vez que sujeté este libro estaba en el bohío de una universidad, un sábado. Lo recibí de manos de los que venden sin saber la importancia del producto ni el significado que tiene para la posteridad. Tras ocho años y muchas historias de lectores, de los mil ejemplares impresos quedan menos de 50, y varios de ellos reposan en las buenas manos de algunos músicos entrevistados para Adulterio Creativo.

Septiembre 2011. El azar o la providencia quisieron que abriera el periódico y me detuviera en el anuncio: “Vea su Obra en Papel”, rezaba en negrita el encabezado. La sombra de la estrella no me cobijaría por setenta y dos días; por un segundo contemplé la posibilidad de que podría estar junto a quienes compartirían su propia luz interior. Invertí las siguientes semanas para encontrar lo que no sabía que buscaba: un lugar de pertenencia. Simultáneamente, en la clase de psicología asignaban la tarea de escribir una historia personal. Fue una extraña intersección, que interpreté como el hado diciéndome que ya era hora de sacar el veneno, antes que este me consumiera a mí.

Todo buen maestro conoce el potencial de sus palabras, aunque pase gran parte de su labor sin percatarse cuando una de estas saetas da en el blanco: el nervio que lleva de la resignación a la inquietud. En una de esas noches de seminario, el buen maestro no se percató cuando una flecha sacudió mi conformismo. “Póngase la meta de tener su obra lista para el próximo festival. Póngale fecha y viva la satisfacción de cumplirla”. El reto conllevaba disciplina para usar horas nocturnas en crear y pulir la obra, encontrar a las personas encargadas de mezclar todos los componentes, y un máster que diera fe de la validez del producto. Todo con la inevitable inversión monetaria, sin olvidar que la concreción de la obra es solo el primer paso, y que no se va a vender sin difusión.

Increíble, pero posible. Fueron meses de amoríos con la máquina de escribir, discusiones con páginas de Word y extremaunción de demonios internos con litros de shiraz; resucitaron los monstruos con sus frases de cariño y manos atrevidas, cual si fueran cabezas de Medusa, me rehusaba a mirarlos a la cara; el tintero estalló. La inspiración, llagas invisibles y abscesos emocionales de los que ni siquiera estaba consciente, esos que se drenan con el arte: dolor, pérdida, ira, soledad. La tarea era contar una historia y resultó un descubrimiento; como quien investiga un asesinato y es el último en enterarse que es él a quien mataron. La obra es más humana cuando ríe, llora, sangra o respira: escribir sobre el olor de ese hogar que abandonamos, sobre el temor de olvidar la voz de un ser querido que ya no está, o inmortalizar algún desengaño amoroso para quedarnos con la última palabra. También se puede escribir sobre la esperanza, la amistad, las pequeñas alegrías que todos vivimos, pero pocos sabemos atesorar.

Costo de producción del primer libro, sin contar los costos de revisión del borrador, corrección de estilo, edición, promoción, fotografías incluidas en el libro, foto de solapa, gastos de transporte y almacenamiento. La empresa a la cual se confió la distribución se quedó con 45% de las ventas y devolvieron los libros con pegamento y bajo descuidada manipulación. El dinero salió tanto del autor como de amistades y seres queridos.

No solo hubo inspiración, tampoco faltó apoyo: mis antiguos pupilos, impelidos por alguna fuerza que desconozco, recolectaron por voluntad propia los fondos para ayudarme a financiar el costoso trabajo de edición y pasos subsiguientes. Las amistades, esas que solo asoman cada cambio de estación pero que jamás te abandonan en tus tormentas, manifestaron su interés por la obra y acudieron a la cita de lanzamiento, algunos ya con su copia. Los costos restantes salieron de billetes nuevos que retiraba en el cajero a pocos metros de la empresa que se encargó de plasmar mi obra de la nube al formato físico. Cada vez que acudía a entregar casi la totalidad de mi salario para cubrir el gasto, los encargados del negocio me recordaban cuánto admiraban mi dedicación y compromiso.

A pesar de consejos y advertencias bienintencionadas, con la intención de progresar confié ese pedazo de mi vida en físico a manos negligentes, codiciosas, que ni una rosa sabían acariciar. Sin compromiso firmado, sin respeto al esfuerzo y a la motivación de un artista independiente, dieron largas para regresar las regalías, se empeñaron en argumentar que el espacio concedido para exponer en el festival era ya un gran favor y, tras mucha insistencia, saldaron su deuda. Los mensajes de apoyo iniciales fueron reemplazados por argumentos fríos y hasta crueles de: “No hay nada que detallar sobre las ventas. Tu obra no despierta interés y tenemos gente más vendida que atender”, todo con la constante falta de compromiso y viles mentiras. Las palabras amables que me recibieron y me aseguraron que mi obra sería promocionada y colocada en todos los puntos de venta posibles, se convirtieron en muecas y amagues de desprecio.

Nada raro. ¿Qué otro trato se podía esperar? Por si la lección no cala, un ejemplo: por meses, esta empresa brincaba de regocijo, pues en su puesto de exhibición recibirían las posaderas de un célebre personaje de televisión que vendería su primera publicación a través de ellos a un cariñoso precio. La fila estorbaba el acceso a nosotros, los nacionales, que financiamos nuestros libros con los ahorros de un año, el apoyo de nuestros seres queridos y la ilusión de dar a conocer nuestra propuesta a la población lectora, quienes muestran una tremenda actitud hacia conocer y escuchar las obras de sus nacionales, por increíble que suene para artistas de otras disciplinas.

Optar por promocionarse con negocios que no creen en lo que venden o exhiben es peligroso para el artista, y en este caso la falsedad era el engranaje detrás de este último invitado. Aunque abundaban fotografías de este con los encargados de atenderlo, estos últimos murmuraban en medio del tumulto que abarrotó la esquina de ventas del libro: “No puedo esperar a que se largue”, refiriéndose al autor que en ese momento les estaba representando una importante ganancia económica. Estupefacta, agaché la cabeza y pensé en todo el trato privilegiado, la masiva actividad publicitaria y demás bondades invertidas por los mismos que ahora, facturando a costilla del invitado, rezongaban esperando la hora de su partida y en público sonreían. Los nacionales, en cambio, debíamos sentirnos agradecidos con que nos mencionaran en algún renglón de la publicidad impresa. Los recuadros grandes resaltados son exclusivos para los internacionales y uno que otro nacional, siempre que represente beneficio directo para los organizadores.  

Rodearse de quienes solo hablan del negocio, que cortan a todos con la misma tijera y juzgan al artista solo por sus cifras, no por su contenido, conlleva una posible pérdida de enfoque. El mareo de las explicaciones y argumentos para que el nacional recuerde que está en deuda con todo el que le arroja migajas, “Algo es algo, al menos están apoyando, no todo el mundo se interesa por dar un espacio, así sea gratis cualquier publicidad es buena, y en este evento habrá una exposición masiva, fotógrafos, cámaras y la recompensa en efectivo, que no está garantizada para todos, pero tienen que agradecer que aquí pueden exponerse”. Anzuelo fácil de morder para un artista autofinanciado, que el resto del año se desvive por ubicar su arte en cada evento o tribuna posible, con la esperanza de que los pocos, pero fieles asistentes difundan la obra, o que algún medio masivo haga una escueta mención o una solapada entrevista donde a leguas es evidente el desconocimiento de lo que se promueve. Medios cuyos jornaleros reciben el producto físico del artista como cortesía y boletos a granel, pero que rara vez asoman su cara en estas actividades, caso contrario a lo que sucede cuando un internacional de cierto calibre pisa el territorio nacional.

Elegí al admirador genuino por encima de la masificación. No más poses en el festival para dejar tajadas del esfuerzo a otros y quedarme con las sobras. De todas maneras, no pude participar en el festival del año siguiente a la decepción: la empresa que no sabía manejar lo que le confié ni siquiera me tomó en cuenta para promocionar el libro en el evento masivo. Se dedicaron a vender sus paquines e historietas. Me concentré en los seguidores individuales, esos que se tomaban el trabajo de escribir algo recomendando la obra. La paciencia dio resultado, cientos de correos electrónicos llenaban mi buzón con mensajes de empatía, historias personales y confesiones, en donde los lectores se declaraban identificados con los episodios del primer libro. Algunos pedían aclaraciones sobre la veracidad de la historia, otros sentían la pulsión de contar la suya. No faltaban las confesiones gatillo, esas que no deseaba: “Es la primera vez que le digo esto a alguien”.

Sabio poder el de las palabras. Asimilé la trascendencia de la obra, esperé que los encargados de distribución se dignaran en comunicarse y devolverme mis tesoros, y me motivé a continuar. Pero igual que en años anteriores con los mercaderes de las rosas, los negligentes seguían tabulando sus cifras sin responder sobre fechas de pago e información necesaria para la faena promocional. Que vengan a preguntar, pensaron. Correos, llamadas, la obra agotada en los estantes y no había siquiera información de su ubicación. No había tiempo ni intención de darme los datos para que la inversión recibiera un mejor trato.

Parto complicado el de un artista. El producto final nunca es un logro personal, sino el resultado de la colaboración entre profesionales que aportan con sus competencias a la visión del autor. El privilegio de contar con un reconocido ilustrador para la segunda y tercera obra fue más de lo que podía pedir. Mis letras estaban acompañadas de hermosos dibujos originales basados en los relatos de esta nueva inspiración, valor agregado para el segundo libro. En cuanto al tercero, un diseño de cubierta muy original a un precio de empatía: un artista visual que conoce el esfuerzo de los artistas de las letras y aporta con su talento a que logremos el resultado. Sigo en deuda moral con él.

Este libro fue pagado en su totalidad por el autor. Se imprimieron 500 ejemplares, de los cuales, en base a solicitudes de colegios, universidades y clientes individuales, pudieron haberse vendido unos 300 durante el tiempo que la empresa negligente los tuvo en una esquina, como basura.
Cubierta completa del tercer libro. El concepto del lápiz posee varios significados: el grafito se gasta a medida que trabaja y crea, el cuerpo procede de madera viva, y el borrador recuerda que ante los errores hay que continuar con más firmeza. El diseño estuvo a cargo del artista panameño Kikín Jaramillo Barnes, ganador del premio Roberto Lewis 2017.

En el tiempo transcurrido, suficiente para entender los sinsabores del negocio, conocí las máscaras que se calan los protagonistas de cada paso en la cadena de distribuir el producto artístico hasta el cliente, los ambages que caracterizan el discurso de empresas y/o corporaciones cuya única prioridad es su ganancia, para convencer al artista que su condición de desconocido le obliga a aceptar las crueldades del mercado. “Tienes que aprender todo lo que hacen los que más venden”, a leguas el peor consejo que recibí. Que te recuerden a cada rato que no eres el que más suena en el inconsciente colectivo, y que por lo tanto debes aceptar callado toda forma de difusión, así sea lesiva y con competencia desleal, es denigrante. Que tu obra quede tirada en el asiento trasero del auto de los que se proclaman apoyo al arte pero que solo miran sus números, duele.

Tamaño esfuerzo es participar en el único festival masivo donde se celebra al artista. No somos invitados, estamos invitados a alquilar un salón por unos minutos, para exponernos al público que también paga su entrada. Todo depende de que las personas a quienes se les confía la difusión de nuestra propuesta contacten a los destinatarios más interesados en conocerla, si es que lo hacen. Y ahora, con la fútil existencia de los influenciadores, esa especie cuya sed de figurar fue premiada con el lujo de hablar por las mentes embotadas y para colmo recibir pago por ello, las obras con cierta profundidad ahora tienen que abrirse camino al lado de las de consumo barato, digerido y superficial. Y en medio de todo, preguntarse si algún día habrá recompensa por la inversión no cuantificable: la resignada paciencia del cónyuge, la postergación de adquisiciones y las horas de sueño sacrificadas, por amor al arte.

Asimilado el daño, el dolor se profundiza. La caja con basura contiene más que esos simples libros que el negligente vio como objetos sin trascendencia. En ella está el compromiso de un artista con dejar su trabajo a disposición del futuro, el orgullo de nietos y bisnietos que tendrán en sus estantes esa reliquia, con suerte reeditada para que no muera con el autor. Ganancias que los mercaderes no entienden, porque no suman. ¿De qué otra manera hubiese llegado mi obra a tal cantidad de espectadores? Este negocio es difícil y el artista debe entenderlo y pagar su cuota, sobre todo ese que se dedica a crear arte y no es una marioneta que planta su codiciosa cara en redes sociales, recomendando tonterías en las que en realidad no cree.

Ni la suma que solicité de indemnización ni la devolución de los libros resarcirán el daño causado a mi carrera, mi reputación entre el gremio de escritores y la intriga de los lectores que se preguntan por qué nunca encontraban los libros. Fue un descuido mayúsculo creer que a un negocio que lucra con el talento ajeno le interesa el respeto al artista, pero la experiencia enseña a no dejarse destripar por aves de rapiña. Me vendieron apoyo, me engañaron y me hicieron creer que lo merezco. Agradece la exposición, rara vez tendrás tamaño escenario. Un dinero que sabe a ofensa y un negocio al que no le importó. Ahora, cual nómada, me tocará resarcir la ofensa de puerta en puerta, esperando reivindicarme con el público que perdonará mi inocencia y amará mi obra tanto como yo.  



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