Interludio – LECCIONES DEL JINETE FANTASMA

Elocuente, resiliente, leyenda. Neil Peart, baterista de la agrupación canadiense de rock progresivo Rush, falleció el 7 de enero de 2020 a los 67 años.
Foto tomada de rush.com.

La noticia de la muerte del legendario Neil http://bestonlinegamesreview.com/everquest-platinum-hunting-sky-shrine/ Peart a los 67 años cubrió de luto las redes sociales de los músicos, en especial de los veteranos. La banda sonora de sus añorados abriles tiene a rencontre dans ta region Rush en esa lista. Ninguno duda en mencionarlos cuando se les pregunta por sus héroes. Uno a uno, dedicaron más líneas al baterista que a sus fotos de idílica felicidad familiar; compartieron selectas perlas de sabiduría que el músico alguna vez emitiera, y por supuesto, revivieron sus años de músicos en incubación, sonando alguno de los clásicos; consulat france quebec Tom Sawyer, el más popular.

Muchos hicieron sus propias elegías, halagando su batería de mil tambores, su originalidad y elocuencia para escribir letras. Otros recordaron que, ya retirado, la revista Rolling Stone lo mencionó de cuarto en la lista de los mejores bateristas de la historia, después de John Bonham, su ídolo Keith Moon y Ginger Baker. Unos más acostumbrados a añadir un redundante dramatismo hicieron énfasis en que le sobreviven ambos padres y sus hermanos (era el mayor de 4). Otros, todavía incrédulos, se aseguraban de que no fuese otra noticia falsa, acudiendo a Google para corroborar por medios más confiables que, efectivamente, se apagó el sonido de las baquetas de Rush. 

En la página oficial de la agrupación canadiense, la imagen de un cerebro da la bienvenida a los visitantes. Se trata de la portada de Hemispheres, en su edición de 40º aniversario. Abajo, el rostro de Neil Peart, con la noticia que la banda compartiera en medios. Un glioblastoma multiforme (tumor cerebral), diagnosticado hace tres años y medio, acabó con la vida del artista. Fanáticos de todas las generaciones lamentaban que la enfermedad atacara precisamente el órgano del cual surge la genialidad, la música. Como el que abre más la herida a voluntad, surgían las suposiciones: ¿Será que dejó de tocar por eso? ¿Sus manos dejaron de responder a su cerebro? ¿Habrá sufrido al percatarse que no podía hacer música? y muchas otras preguntas que, pasado el deceso, no aportan ni alivian. 

En la misión de conocer músicos locales y trazar el camino que los llevó a su destino artístico, es tarea indagar sobre sus ídolos. Resumamos: Panamá tuvo música rock gracias a bandas como Rush, que inspiraron a los entonces núbiles artistas en ciernes a crear su propio sonido, a emular su dedicación y estándares de calidad musical. Rush es parte de la formación de casi todas las bandas de los noventas, me atrevo a decir que tanto en Panamá como en el resto de América Latina. Tomando en cuenta que el rock en español aún no contaba con tanta riqueza en producción discográfica y variedad de subgéneros, las bandas de Norteamérica e Inglaterra fueron, para muchos, su primer flirteo con el rock. Practicar sus canciones ayudó a nuestros artistas a perfeccionar su ejecución, y la música que estos ídolos lanzaban inspiró a los locales a crear su propio sonido.  

Los representantes de la nueva escena tampoco dudaron en compartir su pesar: aunque conocían su música, ignoraban la historia personal de Neil Peart: ávido lector de ciencia ficción y seguidor del trabajo de la escritora Ayn Rand, sus letras mutaron a lo largo de las décadas, al inicio inspiradas en sus lecturas, para luego volverse más íntimas y con toques emotivos. Desconocían sobre la tragedia personal de Neil en el transcurso de un mismo año. Ignoraban que, tras estos acontecimientos, el músico emprendió un viaje por Centroamérica y se mantuvo en ese hiato por un tiempo, sanando y reencontrándose con su inspiración. 

ESCRITOR Y MÚSICO – Luego de su tragedia personal, Neil plasmó su recorrido emocional en el libro Ghost Rider: Viajes por la Senda de Sanación, publicado en 2002. Esta es una de varias publicaciones escritas del reconocido artista. Foto por Neil Peart, tomada de amazon.com

Desconocían además su faceta de escritor, registrada en sus diarios de viaje, siendo el más notable Ghost Rider: Travels on The Healing Road (2002), descrito como una reseña de su travesía, de la tragedia a la reconciliación. En palabras del autor, el libro es dedicado al futuro, en honor al pasado. Peart inicia con la narración de esa triste noche en que la policía llega a su casa para notificarle a él y a su esposa que su hija Selena, de 19 años, había muerto en un accidente automovilístico. Este suceso fue el primer detonante de un descubrimiento personal para el músico, amante de los viajes y de las motocicletas, sobre las pérdidas y la vida.

Tras dicho sabático, el artista regresó a la banda. Dicha decisión fue una sorpresa para Geddy Lee y Alex Lifeson, sus hermanos de Rush, quienes el día del funeral de Selena, recibieron de Neil la frase “Considérenme retirado de por vida”. Nunca digas nunca. El baterista regresó y se dedicó de lleno a la música una vez más. Conoció a la fotógrafa Carrie Nutall, con la cual tuvo una hija, Olivia, en 2009. Por su parte, Rush lanzó tres discos más después de este reencuentro: Vapor Trails (2002), Snakes & Arrows (2007) y Clockwork Angels (2012). Peart se retiró oficialmente de la música en 2015, y al año siguiente reveló su lucha contra el cáncer cerebral. 

Neil apostó por la posteridad, como todo artista real. El cuerpo perece, la obra permanece, el legado crece. Tal como sucedió con Cerati, en esos años de silencio e incertidumbre sobre su recuperación, la música que nos regaló mantuvo encendida su presencia en la memoria colectiva. Las canciones no pararon de sonar, nunca se fue. Aunque su familia lo perdió, para sus fans está vivo cada vez que alguien dice “Tengo una buena canción para cantarles”, o suenan las primeras notas sombrías de Crimen. Incluso sin música, la frase “Is this the real life…” es suficiente para escuchar en nuestra mente, con la inconfundible voz de Freddy Mercury, el resto de los cinco minutos y 55 segundos que cualquier fan conoce de memoria.

INMORTALIDAD – El icónico Hyde Park fue testigo de este momento histórico, en el cual los fanáticos de la agrupación Green Day interpretaron BOHEMIAN RHAPSODY al unísono, mientras esperaban un concierto de los ídolos del punk en 2017. La banda se encargó de subir este video en su página de YouTube. Treinta años después de su muerte, Freddy Mercury sigue vivo en su música y en sus fans.

No importa cuánto tiempo estén los huesos bajo la lápida, ni en dónde floten las cenizas. El tiempo no apaga la llama, si esta ardió suficiente en vida e iluminó la oscuridad de sus fanáticos. Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmi Hendrix, Ritchie Valens, John Lennon, Karen Carpenter, John Bonham, Randy Rhoades, Kurt Cobain, Tupac, Amy Winehouse, Chris Cornell, Chester Bennington, Scott Weiland, Selena (¡Quintanilla, herejes!), por mencionar algunos, fueron arrebatados prematuramente de este mundo. Sin embargo, su música los hizo inmortales y sus seguidores se encargan de que no perezcan en el olvido. 

Panamá también tiene figuras emblemáticas de la música que partieron a mejor vida, a las que todavía sus amigos y admiradores recuerdan con nostalgia. Me rehúso a mencionarlos, por respeto a su memoria. Dejo a otros la egoísta práctica de glorificación de los difuntos, haciendo memoriales para redes y largos discursos de afecto a quien ya no puede escucharlos (derecho exclusivo, en mi opinión, para el duelo de sus amigos cercanos y familiares). Los halagos y homenajes se hacen, si es posible, en vida. Ahora cuando ya se han ido, son mencionados como pioneros, maestros, santidades, con cualidades que en vida y salud no les fueron reconocidas.

Poco se habla de la música que dejaron, algunos reviven sus anécdotas de tarima, pero son más los que adornan su discurso con hipérboles, o incomodan a quienes trabajaron con ellos, diciendo impertinencias como: “deberías tocar la canción que grabaste con él, para homenajearlo”. Cierto baterista legendario no vivió para ver que una banda de metal panameña tocó en Wacken Open Air. Puedo apostar que él, después de la transmisión, hubiese brincado de la emoción frente a sus platillos para improvisar alguna demencia, sin preocuparse por molestar a sus vecinos. Ya son pocos los músicos que viven con esa pasión; el mejor homenaje es seguir haciendo música. 

Hay muchas maneras de estar muerto o de matar una parte de nosotros. Mueren los sentimientos, la alegría que el arte nos regalaba, la tristeza que la música nos alivió. Mueren los sueños igual que los miedos; las esperanzas, la desidia; las memorias y el optimismo. Muere la ilusión que un artista construye en sus fanáticos, mueren los versos cuando nadie los recita; el legado no se sostiene por obra y gracia, sino por el esfuerzo activo de preservarlo, para conocimiento, respeto y deleite de las siguientes generaciones. Es probable que muchos talentos anónimos grabaron, con notable esfuerzo, algún material en demo que tal vez no vio la luz y quedó archivado bajo un cerro de discos de “payolas”, cuando la radio ejercía poder absoluto sobre las carreras de los músicos. De seguro ellos sí estarían más preocupados porque su meritorio trabajo no se pierda.

Es triste que los maestros veteranos a los que sus fans nos hemos esforzado por agradecerles y homenajearles en vida preserven sus guitarras y bajos como valiosas piezas de museo, pero traten su música con tanto desdén. Es hasta gracioso que algunos gasten en finos instrumentos más dinero de lo que costaría grabar un sencillo, para solo tocar covers; o para colmo, sin reeditar en físico lo que ya hicieron. Podrían mejor asegurarse de que la obra y la herencia no se pierda. El mérito que ahora dan por sentado, como una línea más en el currículo (línea que, en algunos casos sea la más interesante para el resto del mundo) o una fase de la vida para la que dicen estar viejos, es el sueño que muchos no concretaron. 

Argumentan ciertos músicos que el fanático es ahora de poca paciencia, que Panamá es un mercado pequeño (con el segundo PIB más alto de Latinoamérica 2019), que este es un país de salsa y reggaetón, que los conciertos en vivo ya no tienen demanda (El Teatro Nacional tuvo dos conciertos de rock nacional agotados en diciembre 2019) y que solo un demente se gasta recursos en discos físicos. Se les respetaría su opinión, si no fuera porque su frase favorita es “llevo sopotocientos años haciendo esto”, o “yo hago música desde antes que tú nacieras”. Aferrarse a los números, flaco argumento. No es quien estuvo primero, es quien se echa la carga al hombro y sigue cabalgando. Sombras hacia atrás, sombras hacia adelante. 

Los músicos panameños despidieron a Neil Peart como si se tratara de un amigo cercano. Casi ninguno escapó del gusto pecaminoso de girar la conversación hacia sí mismos, no como admiradores, sino como artistas. Usar la muerte de Neil para contar sus historias, hablar de sus propias experiencias y alabar cuánto inspiró su vena creadora parecería un homenaje respetuoso. No lo es. Una parte de quienes lo homenajearon se mantienen produciendo o rescatando, sea poco o en abundancia, su propio material, pero otros se quemaron hace años, se llenan de excusas para mantener su silencio musical y solo aparecen para tocar covers. Es de mal gusto relacionar a un artista creativo, tenaz y resiliente para hablar de una carrera a la que ya no se le dedica ni un día. 

Pueden escudarse en no hacer música por la razón que quieran, las he escuchado todas: que hoy es jueves; que el cinturón de Orión debe alinearse con Pegaso; que los medios no aprecian nada (los fanáticos sí, al parecer no es suficiente); que no hay músicos para trabajar o que deben haber sido paridos en luna llena, que este mercado es pequeño y ya el rock no es mainstream (nunca lo ha sido), que no es rentable, que el disco no está en plataformas y que la disquera murió. La obra que te empecinaste en sonar en cada tímpano de tu país merece respeto. No es solo tuya, les pertenece a los miles de seguidores que la hicimos sonar, a los que ahorramos cada centavo que caía por el sofá para comprar tus discos y entradas a tus conciertos; a los que llamamos a los programas de TV para pedir tu vídeo, o a las emisoras para pedir tus canciones, a los que presentamos tu música a fans de otra generación, predicando la palabra del rock. No nos concierne tu vida personal, pero tu obra es patrimonio nacional.

Argumentar que Canadá, Reino Unido, Argentina, Estados Unidos y otros países son mercados con éxito garantizado para sus músicos es una flagrante ignorancia. Son más los talentos desconocidos que jamás gozaron un mínimo reconocimiento, que a la vez no dejaron de vivir su vocación y dedicarle tiempo a crear. En cuanto a los que sí alcanzaron fama, los vuelcos de la vida tampoco los detuvieron: Clapton volvió de la tragedia con un MTV Unplugged y una balada reconocida por críticos y fanáticos; su carrera a la fecha no ha terminado; Zeta Bosio lloró, pero sonrió de nuevo y amó el escenario como su fuente de catarsis, y Neil Peart regresó a la tarima (y al estudio) con Rush para ocupar nuevamente su sitio entre tambores y platillos. Sería más respetuoso tratar la música como a una relación: admitan que el amor se acabó, que se apagó el deseo o que un tercero los hace más felices.

Expresar nostalgia por la música de otros, o incluso por la tuya propia, señala algo terrible sobre la condición de tu vida y tus prospectos para el futuro. Palabras sabias del jinete fantasma. Lo mantendremos vivo en nuestra memoria musical. Ojalá al fin encuentre la belleza y la paz.

Canción Ghost Rider, de Rush. Escrita por Neil Peart.
Vídeo del canal RushEnEspañol.


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