R-E-S-P-E-T-O (interludio)

En la experiencia de todo artista, si mantiene su visión clara y su espíritu creador sin etiquetas de precio, se desarrolla un sexto sentido: la intuición de saber cuándo decir no, y cuándo sospechar que decir sí fue un error. Foto: Ilustraidor

Intro

La invitación a un evento etílico de tres días durante un fin de semana de quincena no fue la mejor opción que el joven músico tenía. Fue la que tocaba. Hay que sonar, donde te llamen y cuando se pueda. Sonar, soñar. Armar tu equipo y convocar a tus músicos. Llegar puntuales aunque el organizador no aporte ni para el transporte, para luego encontrarse con el común atraso en eventos sabatinos y ser los últimos en presentarse, a sabiendas de que puede que el público se mueva a otro sitio. Valdrá la pena al menos, se dice el joven talento, veterano a sus veintes.

La sed lo ataca, no se ha presentado aún, y acude respetuosamente a solicitar agua. Nadie parece resolverle. Irónicamente, hay seis filas de vasos de vidrio frente a él. Son vendidos e incluyen una bebida fermentada. Pero nada de agua. De la trabajada musculatura del encargado, la petición del muchacho solo amerita la contracción del esternocleidomastoideo y de los músculos laríngeos, para buscar a otro que se encargue de la inusual petición. Resignado, bromea: “El agua aquí es la cerveza”.

Nada de eso es gracioso para mí desde la Jornada Musical Pulsos.

VERSOS

Jugar con las palabras es un ejercicio que en ocasiones me resulta provechoso. La referencia musical combinaba con la definición más mundana del vocablo: el pulso es la sensación periférica del paso de la sangre hacia los tejidos. Tiene una frecuencia e intensidad. Sin pulso, no hay vida.

Iniciamos puntuales a la una, aunque en parámetros más amplios, estábamos tarde. Catorce ediciones de la Feria del Libro habían pasado. La música devolvió la tinta a una pluma gastada por el fastidio de lidiar con el mercado editorial y con las artimañas sucias de distribuidores irresponsables, que tratan el arte sin mayor diferencia a como tratarían botellas de bebidas. Tal vez en un mundo paralelo las bebidas, incluso, reciben mejor trato que el artista.

Las primeras cuerdas en sonar fueron las del cantautor Carlos Alexis, un joven músico cuya propuesta solista llamó mi atención no solo por su juventud, sino por tener en poco tiempo un disco ya en físico, antes de salir a foguearse por cuenta propia. Diestro con la guitarra y fluido con las palabras, me pareció la apertura perfecta. Apostar por un artista con pocos kilómetros, cuyo primer disco se titula Viajes Comprimidos me sonó a obra del destino.

Cada número musical fue precedido de ensayos y en algunos casos, de reorganización de horarios. Varios de los músicos tenían otra presentación ese mismo día o en la víspera (Outsiders, Kardiafone, Pepo González, WMFI). Los integrantes de Les Indigents, aparte de abrir espacio fuera de su compromiso con el InkFest, tomaron un transporte selectivo desde el área de estacionamientos gratuitos hasta el Centro de Convenciones Atlapa, con tal de poder cumplir con la hora acordada.

La Jornada Musical Pulsos fue un evento organizado para dejar un precedente sobre elevar la oferta para las bandas. Este fue el diseño original del anuncio del evento. Creado por: Ilustraidor.

Las tres primeras presentaciones contaban en su alineación con Bolívar Adames, un joven talento del bajo y la percusión, quien junto a su banda Sonido Ligero, concretó su segunda presentación en vivo como grupo. Adames también sirvió de percusionista para el telonero del sábado y acompañó a los miembros de Poetika y los hermanos Gálvez en su presentación en colaboración. Otro de los grupos invitados (El Gran Sonido) tuvo numerosos contratiempos, y su intención de compartir todo el día con nosotros se vio opacada por las leyes de Murphy, y varios de los artistas (Skanamá, MD, Cuatro Lucero, Cuz Robles y sus músicos) cargaron sus instrumentos por un largo trecho con el sol de mediodía, en el despejado fin de semana que siguió a los cinco días de lluvia anteriores.

Para el domingo, el escenario perteneció a los nuevos artistas. Tras la introducción con los estudiantes de Academia La Nota Yamaha, iniciamos con Rainer Robles; cantautor y ser humano excepcional quien, acompañado de su teclado, conectó con el público, haciéndolo partícipe de la interpretación de sus canciones. Caso similar fue la participación de Daniel Jácome, quien aparte de su repertorio solista, colaboró con la talentosa Fátima González.

Por parte de los veteranos estuvo Rodrigo Sánchez, guitarrista y compositor, quien aparte de ser uno de los primeros en apuntarse para participar del evento, colaboró con Fátima en su presentación, creando una mancuerna memorable. Posteriormente, Servio Tulio González, mejor conocido como Pitongo, hizo una pausa de su banda de covers para adueñarse de la tarima del Piano Bar de Atlapa interpretando Él Derramó Su Amor Por Ti, junto al joven talento Ezequiel Rangel. Pitongo, como buen maestro, invitó al baterista de Outsiders, Darío Villalaz, a que participara de la interpretación. El cierre de la jornada estuvo a cargo de los invitados sorpresa, El Gran Sonido, quienes recibieron aplausos no solo por parte del público, sino del resto de los músicos presentes.

PRECORO

Es posible hacer algo hermoso cuando se tiene la voluntad y se deja claro el mensaje a transmitir, pensé. Hubo música, buen ambiente, empatía y un público discreto pero atento, que devolvió el regalo recibido con notas de agradecimiento hacia los protagonistas del evento. Un reconocido gastrobar y restaurante nos facilitó los almuerzos (bajo el reto añadido de no contar con autorización para introducirlo al recinto) y el público pudo adquirir discos y mercancía promocional de los músicos participantes, cuyas ganancias fueron devueltas a aquellos en su totalidad.

Todos los artistas cumplieron con creces lo que se esperaba de ellos; hubo colaboraciones planificadas y otras espontáneas, dando fe del poder de la música: más que un arte, una forma de comunicación.

A semanas de distancia, otro evento musical con buen capital, tercerizado a las garras de un equipo de mercadeo y al contenido profundo de los influenciadores, conquistaba la atención de distintos grupos de rock. Promesas de exposición, emolumentos en premios para las bandas que participaran, y el respaldo de una destacada empresa en proceso de expansión. Nada de eventitos en ferias. La fórmula completa para hacer algo trascendente por el rock la tenían otros: convocatoria masiva a través de correos electrónicos a una lista aleatoria de agrupaciones musicales (muchas de las cuales respondieron con una sabia negativa), eliminatorias con premios en botellas y acuerdos por escrito, pero con trampas en el camino, movidas de publicidad que resultaron en perjuicio hacia los participantes y lo mejor de las frases del sermón que los artistas ya conocen:

CORO

“El evento es costoso/ tuvimos que pagar más de lo pactado/ no hay presupuesto/ esto no se va a llenar con música original/ prefiero pagarle a un DJ/ el patrocinio es para comprar los focos/ no hay suficiente apoyo de las empresas/ da gracias por la exposición/ tenemos planeado llevarlos a Mensabé/ haremos algo mejor para una próxima/ ustedes no saben cuánto cuesta ese lugar, te cobran hasta el papel higiénico/ yo también fui músico y toqué gratis por mucho tiempo/ me metí en esto sin saber lo que hacía/ al menos estamos haciendo algo por la escena/ a ustedes nadie los conoce, bien que necesitan tocar donde sea/ cuando tengas 1 millón de seguidores hablamos de paga/ si cierras una puerta te cerrarán todas las demás/ yo conozco a medio país y si me preguntan les daré referencias tuyas”.

Y un largo etcétera.

VERSOS II

La buena fe de los artistas emergentes en dar su tiempo y confianza a una marca nacional era una apuesta arriesgada. El compromiso de pagar una inscripción en forma de boletos tiene un aspecto de explotación, en palabras de algunos veteranos. Es casi unánime el rechazo a esta modalidad de participación. Pero para muchas bandas emergentes que luchan a diario por llevar su propuesta a medios masivos indiferentes, emisoras de radio que se vuelcan en apoyo al género urbano y guardan migajas para el rock, y locales que los ultrajan o bien les echan en cara que “esto es un negocio”, una oportunidad como la recibida sonaba irresistible.

Muchos eventos enfocados en venta de bebidas fermentadas incluyen presentaciones musicales. Los artistas en cuestión ejecutan la música en vivo, por tanto, merecen una compensación por su trabajo. Foto: MsPrxx

Tras la ilusión, el estrellón. Competencia desleal, porque las ventas van lentas y no podemos perder. Se entiende, pero no a costilla del músico. Ahora les toca entender, estamos haciendo algo grande por la música. Les toca poner algo, mucha gente los va a conocer. Se destapaba una botella por cada frase de objeción, bonita hazaña. Sigan el camino dorado, la espuma les iluminará. Inviten a sus conocidos a nadar en lúpulo. Aquí no ha pasado nada.

La noche final. Enormes tablones, infinitos galones, minúsculo interés. Por semanas, la tensión se volvió más densa. Mientras los veteranos rescataban lo bueno de la experiencia (dejando claros sus principios de hacer de cada chasco una oportunidad), otros llegaban al colmo de su paciencia. Un tercer grupo de participantes, presos tal vez del temor a perder ocasiones futuras o con un raro síndrome de Estocolmo, permanecieron quietas y con su mejor sonrisa ante la aguja hipodérmica. El paso del tiempo les dará perspectiva, espero. Pruebas de sonido accidentadas, una esquina de venta de mercancía que nunca existió, y el colmo: un comunicador social prestándose de apagafuegos, pidiendo números de teléfono a los fanáticos de las bandas para censurar sus protestas ante la injusticia pública y flagrante.

En la experiencia de todo artista, si mantiene su visión clara y su espíritu creador sin etiquetas de precio, se desarrolla un sexto sentido: la intuición de saber cuándo decir no, y cuándo sospechar que decir sí fue un error. Un tap dentro de un camerino equivale a darse la mano con el diablo: el espectador promedio asocia el licor con la música de bandas (con todo y que otros géneros populares mantienen acuerdos mucho más cercanos con las empresas destiladoras, y sus eventos son conocidos por sus legiones de embriagados al final de la noche), pero en el caso de organizadores maquiavélicos es una forma de mantener estuporosos los focos de indignación que pudiesen surgir. No tienen ni que embriagarse; solo basta con que el vidrio llegue a las manos; luego, si osan pedir explicaciones, les recordaremos cuánto gozaron la bebida.

Se le puede robar mucho a un artista, pero hay que tener dotes de villano de Arkham para robarle la chispa que siente al tocar su música. La previa fue amarga, y presentarse fue para algunos casi una obligación, aunque el concurrido auditorio fue bastante receptivo. Fue reconfortante escuchar los alaridos y aplausos de los asistentes, y dos de las bandas dieron, en sus propias palabras, el mejor espectáculo que han tenido. Suerte la de estos capitalistas de poder darles el espacio que se merecen. El recinto que albergó el discreto e improvisado evento Pulsos tenía por fin un escenario del tamaño que el rock se merece.

Días después, la resaca culminaba, las bandas regresaron a sus rutinas. En redes sociales, los pies de foto de los grupos participantes parecían réplicas perfectas de un texto ensayado cual Padre Nuestro. Otro evento de fin de semana anunciaba, intercalado con nombres de DJs y marcas de licor, a un pequeño grupo de músicos en una actividad de tres fechas, un bazar de vasos y sonidos. Un centro comercial familiar contaría con la participación del rock en su agenda, pero había que adivinarlo. La marea de DJs confirmados para amenizar la tarde prestaría sus servicios sin costo para entretener a los consumidores, pensé. No es posible que se les remunere a algunos, y otros se lleven tal vez las gracias.

CORO!

“El evento es costoso/ tuvimos que pagar más de lo pactado/ no hay presupuesto/ esto no se va a llenar con música original/ prefiero pagarle a un DJ/ el patrocinio es para comprar los focos/ no hay suficiente apoyo de las empresas/ den gracias por la exposición…”. Escupa y repita si es necesario.

Una vez aprendidas ciertas lecciones, el prisma cambia. Las buenas intenciones de exposición ya no parecen tan buenas y se ve desde lejos el trato, las maneras y, sobre todo, las excusas para exigir que los músicos regalen su tiempo y esfuerzo a cambio de promesas. Hay pago garantizado para algunos, y bien gracias para otros. Lo triste y cuestionable es ver que, con el tiempo, el artista asimila ese trato como su sentencia permanente: nos toca aceptar lo que caiga. Es una tarima más.

PUENTE

¿Cuánto se necesita para sacar adelante un evento musical? Estas son las lecciones aprendidas, al menos como punto de partida.

Inversión: Pon el dinero donde están las palabras. Abundan los organizadores que despilfarran por ganarse el favor de los influencers, contratan DJs y exponentes del género urbano, cuyo nivel ofensivo misógino en ocasiones compite con sus ofensas a la ortografía, pero que no arriesgan por la propuesta musical de las bandas. El factor humano es irremplazable.

Convicción: cree en el artista y en su obra, o no apuestes por él; muchos locales y promotores abren espacios sin saber a quién se lo ofrecen, y les cierran la puerta a los que serán sus fieles corresponsales y publicistas. Todo músico sabe cuáles son los grandes nombres que respetan al artista. Es importante sentar precedentes. 

Consideración: el trabajo del artista, solo él o ella lo saben hacer. Antes de presentarse, el músico escribe, graba y produce (y el resto del proceso hacia el formato físico o digital), alquila una sala de ensayo (los vecinos no siempre son fans), cambia cuerdas, compra accesorios (la mayoría costosos), carga equipo hasta el lugar del evento, en ocasiones negocia con la paciencia de su familia, se trasnocha en días laborales, les da explicaciones a sus colegas en su faceta diurna de mortal (quienes no siempre ven la música como una profesión), en algunos casos le toca conseguir un sonidista (y pagarle), y ofrecer un show al público, sin importar de qué humor se encuentre.

Esto añadido a dejar fuera de la tarima los asuntos personales, disimular los conflictos internos de las bandas que, como toda comunidad humana tendrá situaciones intrínsecas que enfrentar; tener paciencia en caso de que el evento no inicie a la hora acordada y mantener todo el tiempo una comunicación adecuada con el técnico de sonido, para que su ejecución suene lo mejor posible. Si la remuneración económica no es factible, todo organizador de eventos que invita a un músico o agrupación a presentarse debe al menos recordar y considerar estos aspectos.

Respeto: el talento y tiempo de un artista tiene valor, sea cual sea la modalidad que practique. En el caso de los músicos, el factor humano y orgánico de su obra no puede ser dado por sentado. Merece remuneración, especialmente porque se trata de creaciones, grabaciones e interminables reproducciones. Aspecto que los escritores no vivimos: los libros se escriben una vez, luego toca venderlos y tentar al cliente para que sienta la necesidad de leerlo. Los pintores trabajan sus creaciones y después del esfuerzo, la obra está lista para su exposición. En el caso de los actores de teatro y los músicos, deben volver a ejecutar la obra cada vez que se presentan.

El artista ofrece su obra al público y consumidor, y es el público quien decide si lo vale o si le gusta, en base a lo que recibe. Es a ellos a quien se debe el artista, no al visto bueno de un influencer, ni a la farolería de un conductor de TV con mil fotos de su cara en redes, ni a los favores de sus colegas intérpretes para que presten su cara y recomienden su disco.  Puede que existan ocasiones donde los músicos deseen obsequiar su talento o presentarse a cambio de un pago distinto al monetario, pero eso debe salir de ellos, no ser una imposición.

OUTRO

Estoy convencido de que cada nombre comercial que apueste por la propuesta de una buena banda, profesional, cumplida y con el absoluto compromiso de ofrecer un buen show, tendrá una legión de seguidores entre artistas, músicos, clientes y promotores culturales, que no solo apostarán de vuelta por su negocio, sino que correrán la voz y con eso, crecerá la clientela fiel que sale de la comodidad de su casa a un sitio donde se siente bien recibido y con el que puede identificarse.

El respeto comienza en casa y se lleva a todos lados. Moneda universal que nunca está a la venta. ¿Cómo se respeta al artista? Dando valor a su obra. ¿Cómo das valor a su obra? No le pidas que la regale.

Es hora de que los artistas les den la espalda sin miedo a los que pagan con irrespeto; a los mercaderes que, desde la clandestinidad, juegan con la desesperación y se aprovechan de los grupos para decir que les dan un espacio donde son escuchados y tomados en cuenta, a las empresas que dejan su nombre en manos torpes con más kilómetros de experiencia que interés por la escena, y apostar por los que sí entienden las diversas maneras de apoyo. Los hay, los hay.



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