Las palabras son muy necesarias – Interludio

Son muchos los momentos que están marcados por la música. Debo saberlo, soy escritora gracias a ella.

Como ya algunos pudieron corroborar, todas las entrevistas realizadas a los artistas que han aceptado colaborar con este proyecto se registran en apuntes. En honor a Kapuscinski.

Para mí, la música volvió indelebles algunos recuerdos. La primera tarde de vida universitaria junto a mis nuevos compañeros, en el auto de uno de ellos, sonaba esto:

“Nadie quiere estar solo… el tiempo es precioso y se resbala. He esperado por ti toda mi vida”.

Las ventanillas bajas, el viento golpeando mi rostro, y el Hyundai azul cruzando el puente sobre la intersección entre Ricardo J. Alfaro y Simón Bolívar, en la que a momentos golpea un transitorio aroma a café. Novatos estudiantes de medicina, camino a almorzar. Yo con diecisiete años, apenas asomaba a la vida de adulta, sin imaginar lo que seis años de claustro universitario le harían a mi carácter y mi inocencia.

Es la constante en cada transición: abandonar lo que conocemos, lo cotidiano de los días, y lanzarse a otra realidad, muchas veces solo. Abandonar el hogar para el primer día de escuela, terminar el suplicio académico y despedirse de la hermandad del colegio, aterrizar en alguna carrera universitaria sin estar muy seguro del porqué ni de la decisión, y entrar a la vida laboral, con el resto de los felices trabajadores que, después de acumular todos los pergaminos logran el gran sueño: percibir salario e imaginar todo lo que harían si no tuviesen que pagar renta.

La vida quiso que encontrara una vocación y persiguiera una pasión. Mi vocación: solitaria pero gratificante, por la que otros colegas entregan todo y solo se les culpa de las fallas sociales, de los sueños ahogados, de la mala ortografía. Ingrata entrega la de los maestros, los venero. Estamos solos antes y después. Todos se van y ahí quedamos, buscando un amigo que nos escuche y entienda, que nos diga qué hacer para no explotar con un maleducado que merece un mejor ejemplo del que recibe en casa. Pero nadie quiere hablar, después de clase todos prefieren irse a mirar la serie o tomarles fotos a los nietos, y no puedo culparlos.

Mi pasión: hablo en singular porque es un mapa de mil paradas, que aún estoy recorriendo. Un día decidí publicar un libro, a los meses ya lo tenía. Luego nacieron más libros y muchos anhelos concretados. Todo se dio por esfuerzo propio y apoyo de quienes me acompañaron en el recorrido y creyeron en mi visión. Pero también es una pasión solitaria: una comunión entre las ideas, el papel y el tiempo en que logramos que nada nos distraiga.

Volver a la escritura después de mi última publicación fue un trago insípido, diluido entre frustraciones de distribución, la apatía de los puntos de venta, que acomodan todo lo nacional en el mismo plato y hacen poco o nada por promover al escritor panameño, la actitud de la mayoritaria población no lectora (o lectora superficial, que es lo mismo) y la forma en que el único evento anual dedicado al libro se vuelve plataforma de celebridades y gente que vende dietas, historias de narcos o que, en intención noble pero cuestionable, hablan de su vida como peor que la de cualquiera. El concurrido evento para escritores se convirtió para mí en un solitario mercado de pulgas contaminado por superhéroes y cosplayers.

Estar en soledad permite la introspección. El silencio curativo, sin la abundancia de estímulos, es para el escritor una necesaria terapia. Escuchar el silencio hace que los caudales fluyan, que las ideas se acomoden en los espacios donde a diario hay historias, estados, streaming y cuanta banalidad quepa. Ese espacio atiborrado de datos, donde nos prometemos que apenas se nos libere una hora de tiempo, volveremos al polvoriento libro que compramos sin la menor intención de terminarlo. Y es a ese espacio adonde vuelve el escritor, a regañadientes, cada vez que se embarca en otra obra.

Vídeo de la canción “Enjoy the Silence”, de Depeche Mode (1990), dirigido por Anton Corbijn, inspirado en El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.

Un año de victorias y también de decepciones, de abrazos incompletos y amaneceres en una ventana en la que, solo cinco minutos al día me permitía tocar esa llaga abierta y me preguntaba: ¿por qué nadie se queda? La presionaba, como el que se palpa un moretón a ver si aún duele. Tomaba aire y seguía con la vida. Como todos. No es solo mi realidad: el que vive entre cónyuges y críos también lo siente, solo que no te lo hará saber, y todos los días mostrará una foto nueva para recordarse a sí mismo que no tiene derecho a sentirse solo, mientras te preguntas si está convenciéndose a sí mismo o a los demás. A eso nos hemos reducido: a crear una imagen pública de inmutable felicidad, de constante compañía, que nadie se entere que incluso en una casa abarrotada, nos sentimos solos.

Emparejarse o engendrar no nos salva de las transiciones solitarias. Hay que trabajar, irse a dormir luego de una discusión con silencios incómodos, curar fiebres sin contar con la ayuda de la madre, viajar solo alguna vez y recordar cuando nos quedábamos dormidos en su regazo en una larga travesía hacia las vacaciones, ver a los hijos tomar camino y mudarse del hogar, o asistir al funeral de un ser querido y descubrir que la abundancia de compañía no llena el vacío de un adiós.

El escritor lo sabe. Las ideas pueden atacar mientras está en compañía, pero ese parto se da en soledad. En la noche cuando todos duermen y él le roba unas horas al descanso para trabajar en su nueva novela, en ese viaje a algún sitio con poco acceso a tecnología, donde se escriben los mejores cuentos, o en mi caso, en ese momento en que la ciudad se calla, en que nadie escribe para pedir respuestas, y la niña adulterada que habita bajo la coraza de misántropo y académica se escapa a jugar con sus amigos imaginarios, a esos que se inventaba en la última página del cuaderno, para pedirles que le dibujaran un cordero.

Para ella, fue un año de descubrir planetas habitados por criaturas que solo supieron darle la espalda, que la usaron de desahogo a sus curiosidades y complejos o le tiraron su mejor golpe, por creer que lo soportaría. Para la adulta, fueron meses de apañar causas ajenas, de secar lágrimas y revivir dolor en la experiencia de otras, revivir su propia película acabó con lo que quedaba de inspiración. Enarbolar la consigna y defender la causa tampoco sirvió. Para qué escribir, nadie te quiere escuchar, ¿Quién va a querer leerte?

Para qué escribir, no cambiarás a nadie. Seguirá existiendo maldad y espanto. Se hartaron de escuchar tu historia, se burlarán de tu idealismo. Cuando te asome una pizca de inspiración y vuelvas a crear líneas, los ignorantes cuestionarán tu estabilidad mental, y alimentarás la convicción del estereotipo de “mujeres locas, intensas, emotivas”. No defiendas causas. Deja de escribir. No eres artista, eres una niña que nunca desistía de una pregunta.

Y en ese silencio juzgador, la niña escuchó unos pájaros silvestres cantando en coro, seguidos por acordes y redobles del corazón de la tierra. Eran pájaros extraordinarios que, en la mañana parecían normales, recogiendo provisiones y lustrando sus alas para que a otros les gustaran, pero que de noche dejaban salir su voz, sin miedos ni complejos, en la jaula de ensayo o en lo alto de una montaña. Y en ellos, encontró lo que buscaba: un alivio a su soledad.

En cada transición volvemos a estar solos y a buscar una nueva tribu. Creamos conexiones a partir de afinidades o antecedentes similares. Habrá nuevas amistades y momentos que crear, adornados por la música. Y con suerte habrá más dichas que tristezas para recordar. Mi transición de la decepción literaria a la reformulación de mi carrera lleva la música de los que han dado su voto de confianza a mi trabajo, sin siquiera conocerme. Me expresaron sus deseos, me compartieron su visión, y todos han dejado salir su niño interior.

Algunos reconocerán que esta versión de la inigualable Carole King es un cover. La versión a la que hago referencia en la anécdota inicial es la original, interpretada por Ricky Martin y Christina Aguilera.

Por sentimientos como esos recuerdo ese primer día de clases, aunque hayan pasado dieciocho años. Estaba sola y de pronto tenía quien me dibujara un cordero. La tribu se deshizo, cada uno tomó su camino, pero esos minutos en la brisa, la primera jornada de universitarios y la melodía que adornó ese momento, jamás se han borrado. Así será también con este verano de música e historias, me siento parte de una nueva tribu, por la cual vale la pena escribir. En su ejemplo de esfuerzo, artistas, mantendré la inspiración.

He esperado por ustedes toda mi vida.



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