LEO GOLDFARB – Cuando sus ojos brillaban

De Océano a Santos Diablos, website here Leo Goldfarb no tiene intenciones de desistir de la música. Es lo que le apasiona. Es parte de su identidad.

La Vía Argentina y la calle Augusto Samuel Boyd se entrecruzan en una esquina adornada por un icónico edificio de letras rojas y negras. Sus ventanales transparentes resaltan entre paneles rectangulares blancos y dorados, y sus paredes de esquinas onduladas se niegan a ajustarse a la norma de la arquitectura local. La entrada posee una rampa, además de la acondicionada para personas con movilidad limitada. Por esa rampa se deslizan y empujan los sueños de centenares de artistas que, a lo largo de los setenta y cinco años han acudido a este hermoso local que cada década renueva su imagen, para brindar asesoría a clientes muy especiales: músicos que desean adquirir un instrumento, complementar su espectáculo con los accesorios disponibles para volver la partitura un ente con vida propia, o que confían sus adoradas armas de ejecución musical en las manos expertas de sus lutieres y curadores de instrumentos.

Al entrar al local, se respira una atmósfera de buena energía. Los instrumentos dan la bienvenida con lo mejor de su fulgor. Por un lado, guitarras http://midsouthpainting.com/natural-gas-pipelines/ Fender Standard Strat Maple, junto a una Squier Classic Vibe y más atrás, orgullosa y solitaria, una Gibson ES de 2017 en oferta, con acabado en laca, hecha de madera de arce y con cuello de caoba, a poco más de dos mil dólares. Solo un músico entiende que se trata de una oferta. Para los mortales que prestan sus orejas (y su cuenta de Spotify) a la vileza del reggaetón, este razonamiento no cabe: les da igual si escuchan una batería o un par de pailas chocando en el lavaplatos.

Se entiende entonces que hemos entrado a un santuario, en donde los instrumentos esperan, callados, a que un artista con deseos de aportar al patrimonio musical de su país atraviese la puerta y, con suficiente suerte y determinación, invierta en una hermosa guitarra, que le servirá de cómplice en esas sesiones de composición, en cada bloqueo creativo, para mantener sus manos ocupadas y tranquilizarlo, mientras reposa sus brazos en las curvas de su cuerpo y sueña. Será su compañera en los ensayos, y juntos compartirán esa primera presentación frente a un público, un día para no olvidar. Su compañera de batalla saldrá reluciente y orgullosa en las fotografías, y sus más fieles fanáticos no olvidarán cuál lo caracteriza, como la EVH blanca y roja de Eddie Van Halen o la Blade Runner de Joe Perry.

La guitarra sueña con ser la seleccionada. Ella también quiere sonar. Antes de ser instrumento, fue árbol, dijo Atahualpa Yupanqui. Tal vez fue cinco elementos entre maderas que ni siquiera crecieron juntas y metales maleables, ahora es un híbrido. Pero en su mástil, cuerpo y diapasón, todos suenan en perfecta armonía. Una madera es más clara, casi diáfana. La otra, oscura y maciza, pero con la misma elegancia que la del diapasón. Otra es pintoresca, aporta picardía y desentona a la perfección. Las clavijas sostienen graves y calladas a las cuerdas, que a la larga se desgastan y tendrán que ser reemplazadas, pero cuando les pregunten a las maderas, estas responderán que esas cuerdas siempre serán parte de la obra y sonarán en la música que ya crearon. Como los miembros de una banda, cuando la vida los distancia mientras el tiempo los obliga a evolucionar para sobrevivir.

Del otro lado destacan los bajos, los componentes desmembrados de una batería, los pedales de guitarra, cada uno con sus promesas de ayudar a crear un sonido único y distintivo. Platillos, violines, instrumentos de viento y teclados de distintos tamaños. Micrófonos, atriles, cables y otros accesorios que no alcanzo a identificar, pero cuya importancia es conocida y valorada por músicos de todo género orgánico.

Difícil creer que tanta maravilla produce un sonido que muchos consideran que puede reproducirse sin mayor diferencia a través de una computadora. La venta de instrumentos musicales ha sufrido un bajón a nivel mundial; en lugar de considerarlo un síntoma preocupante, lo veo como una prueba de la importancia de dejar la obra en grabaciones, hacer de la música un legado que perdure y exponer a los niños al sonido de un instrumento real: el amor del músico por su arte comienza con ese primer contacto. No hay botón de computadora que pueda recrear la descarga de placer que produce hacer hablar a una guitarra, sacar latidos a un bombo o simplemente pulsar tres teclas a la vez y dar vida a un instrumento que, si nadie lo toca, se convierte en un mueble más de la casa. 

Aparte de ser una de las tiendas de música más completas de Latinoamérica, Compañía Alfaro también distribuye marcas de instrumentos musicales y equipos de pro-audio a nivel nacional, y desarrollan proyectos de instalación de equipos de sonido e iluminación en entidades gubernamentales, comercios, oficinas, iglesias, bares, discotecas y restaurantes. Sin embargo, su servicio más solicitado es la instalación profesional de audio.

Pero lo más valioso de la tienda no es un instrumento, ni un equipo complejo de amplificadores. En el ala izquierda, al fondo del pasillo se encuentran paralelas varias oficinas. La última es ocupada por un estandarte de la música rock nacional; una estrella que ilumina tras su estela, con sus baquetas y su voz, la escena que él mismo ayudó a construir. Sus ojos azules y su tono campechano al hablar no han cambiado; solo pasó de ser un mozuelo de sonrisa picaresca a un apuesto caballero en sus cincuentas, todavía lozano y activo, pero con la paz que le devuelve seguir dedicándose a su pasión. Lleva un gorro y ropa casual, es evidente que en Alfaro se siente como en casa. Sonríe y me da la bienvenida al local.

EL TIEMPO PASA VOLANDO

21 de julio de 1988. Horas de la mañana. El presentador Antonio de Valdés Franco, reconocido principalmente por su trabajo como cronista deportivo y narrador de partidos de fútbol, presenta ese día el programa Nuestro Mundo, transmitido por la cadena Televisa de México. Pasada la presentación musical, se acerca al escenario. En la mano lleva una copia del disco Conga Rock, en formato vinilo. Se dirige a las cámaras y presenta a la agrupación Océano, de Panamá. Uno a uno, los integrantes tienen cada uno su momento de brillar, de escuchar su nombre mencionado en una de las cadenas de televisión más importantes de habla hispana. El micrófono de apariencia fálica flota sobre las cabezas de los músicos que desocupan tranquilamente sus puestos de la pequeña tarima en forma de escalinatas.

El rubio y atractivo baterista baja de un brinco del puesto asignado para su batería, unos peldaños arriba del suelo, con la alegría de un chaval que acaba de terminar un partido junto a su equipo de amigos en el barrio.

– “Este es Leo, baterista y voz, también, y nos hace el favor de presentar al resto del grupo”.

Uno a uno, el líder de la banda se encarga de presentar a sus secuaces musicales. Salo Shamah, tecladista, compositor del ochenta por ciento del material que tocan, luce una gabardina de rayas blancas y negras sobre su playera negra de letras neón y pantalones jeans de cintura alta, y anteojos oscuros. Patrizio Marucci, bajo y coros, camisa blanca de mangas largas, jeans y también anteojos que se acomoda nerviosamente mientras su compañero lo presenta. Su bajo cuelga de su espalda mientras se mira las zapatillas deportivas blancas.

Zito Barés, en las congas, con un bléiser negro y pantalones blancos de tela holgada, que le permiten hacer divertidas piruetas con las que acompaña su ejecución. El señor Pitongo, guitarrista, cruza el brazo sobre las congas de Zito, quien se inclina hacia atrás en medio del apretón de manos y se agacha para recoger un papel que el presentador dejó caer por accidente. Antonio pregunta “Es también compositor, ¿verdad?”, como el que hizo su tarea, pero no quiere dejar detalles por fuera. Servio Tulio González, alias Pitongo, lleva un saco de colores llamativos y unos osados pantalones rojos que adornan a la perfección su entusiasmo al tocar la guitarra.

Causando furor – Océano se presentaba en distintos lugares y escenarios, abarrotando cada sitio en el que tocaban. Participaron en varios de los concursos que en ese tiempo se organizaban.
ÍDOLOS – De pie, de izquierda a derecha: Salo Shamah, Zito Barés, que sigue activo en la música y es una de las voces de radio más queridas de Panamá, y don Leo Goldfarb. Segunda fila: Servio Tulio Gonzalez, aka Pitongo, que también formó parte de Cabeza de Martillo, y Patrizio Marucci, que actualmente tiene un local de venta de instrumentos musicales.

El vocalista y baterista es Leo Goldfarb. Camisa roja de cuello sobre una playera blanca y jeans prelavados. Lleva todavía sus baquetas en la mano. Al momento de la entrevista tiene apenas unos 22 años. Antonio pregunta “¿Cómo les ha ido?”, a lo cual Leo contesta: “Muy bien, la gente nos trata muy bien, se puede decir que por primera vez estamos trabajando con un equipo de profesionales”. Menciona su alegría y la impresión que le causó visitar los estudios de Televisa. La entrevista sigue, mientras Leo responde con espontaneidad y sonriendo a la cámara. Relata los orígenes de la banda y Zito interviene con un comentario gracioso sobre el cambio del nombre y Pitongo le tapa la boca en broma. Luego interviene Salo con sobriedad de diplomático, para cerrar la explicación del nombre, mientras Leo culmina con orgullo su relato y explica que se consideran precursores del rock en español en Panamá. No se equivoca, al tiempo que Océano se atrevió a componer y tocar sus propias canciones en español, la moda era tocar canciones versionadas en inglés.

TESOROS EN EL TIEMPO – Diseño de carátula de los primeros discos de Océano. Leo confiesa que les faltó mucha orientación en el momento. Sin embargo, estas son joyas de colección para todo el que las posee en casa. Foto tomada de Facebook.

El tiempo pasa volando, adónde fueron los años. Cada uno de los músicos con los que tengo el honor de conversar reflexionan de distinta manera sobre el pasado, con un inevitable tono de nostalgia y resignación, pero sin caer en amarguras ni cinismos. La mayoría, al menos.

“La tecnología avanza. En los ochenta nadie usaba computadoras para grabar. Tenías que ser un buen instrumentista y tocar. Ahora los músicos no tienen que tocar a tiempo ni afinar, ni tener buena voz. Esto ha hecho que la gente se vuelva perezosa; a ese paso las computadoras van a tocar por nosotros y hasta mejor que nosotros”.

Leo conoce el tema a profundidad. Me deleita con una pequeña lección sobre historia de la producción musical mientras me acomodo en su sencilla y acogedora oficina junto a mi libreta, para tratar de hacer justicia a un ícono del rock nacional con el escaso tiempo de almuerzo de los lunes. Para los músicos de la época comprendida entre los setentas y noventas, grabar un disco era una epopeya. El formato análogo no perdona: no te equivoques, o habrá que comprar más cinta. Era necesario haber ensayado como dementes, estar en plena concentración con el momento y hacer buen uso del tiempo en los estudios de grabación. Cuánta diferencia: mientras en la actualidad, en ciertos estudios se saca el máximo provecho posible a las bondades de la tecnología, en otros es más lo que se consume tiempo perdido y sustancias psicotrópicas que lo que se trabaja en producir música de calidad.

No Se Gana Pero Se Goza (1993) es el tercer disco de Océano. Entre las canciones destaca Buscando Trabajo, Visa de Turista (interpretada por Zito Barés) y una versión cover de la legendaria Historia de un Amor. Para muchos de mi generación, esta fue la primera versión que escuchamos de la inmortal melodía de Carlos Eleta Almarán.

Conversamos sobre música e inspiración. Actualmente, Leo ocupa el cargo de gerente de ventas de la reconocida empresa. Mientras atravesamos los pasillos de la compañía, no pierde la oportunidad de explicarme que todos los que en ella trabajan son músicos o se dedican a la música de alguna manera. Más que vender instrumentos y servicios de sonido, Alfaro vende una filosofía de amor por la música.

En la pared de la oficina de Leo hay una famosa frase de Tchaikovski “En verdad, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco”. Un póster de los Beatles adorna la pared siguiente. Mientras el distinguido artista desea conocer más sobre mi proyecto, suena el teléfono y se disculpa para atender. Espío la conversación y escucho el nombre de aquella banda, la misma que se presentó en Televisa México en 1988, la que abarrotaba los clubes y locales de la ciudad de Panamá en los ochentas. La inspiración para muchos que irrumpieron en la escena noventera, siguiendo sus pasos. Océano es más que un grupo musical del recuerdo, es un referente del rock latinoamericano. Su disco tuvo enorme aceptación y ventas tanto en Panamá como en otros países, y su canción El Derramó Su Amor Por Ti fue número uno de las listas de popularidad en emisoras de México, Costa Rica, El Salvador y Colombia. 

Nada mal para una banda que inició haciendo toques en la playa, cuando todavía se llamaban Ocean y cantaban en inglés. El músico, que desde pequeño sentía admiración por la batería, posee el mérito de ser uno de los pocos bateristas-vocalistas del rock en español.

“Recuerdo que me perdí a los nueve años en un viaje a Disney. Mi padre no se preocupó tanto. Tuvo el presentimiento acertado de que me encontraría frente a una banda de música, deleitándome con el sonido de la batería”.

Su ambiente familiar estuvo colmado de buena música. Sus tíos tocaban música de los Beatles, Santana, Seals & Crofts, Chicago, Steely Dan y Cat Stevens, todo esto se convirtió en una valiosa fuente de inspiración para Leo. El acercamiento familiar con las baquetas se dio a través de su primo, quien ejecutaba este instrumento. Incluso a sus escasos siete años, Leo estaba impresionado con la idea de tocar batería. Para él, es un instrumento natural. Su primera batería fue comprada con el dinero que le obsequiaron para su Bar Mitzvah. No obstante, ya desde pequeño usaba envases de plástico y de helado para hacer su propio instrumento. Luego tuvo una batería de juguete, la cual no duró mucho pues la destrozó.

A través de la música que escuchaba en las emisoras de radio, practicaba las canciones en su batería y así, de manera autodidacta, dominó el instrumento, ejecutando varios géneros musicales. En algún momento, recuerda, le interesó el violín, pero por motivaciones muy distintas: quería impresionar a la hermana de un amigo. Más tarde su padre se percataría que este instrumento no era lo suyo. Al conversar sobre el tema del apoyo familiar, Leo no duda en responder.

“Mis padres me apoyaron en mi carrera musical, aunque estaban claros con que era una distracción y a la vez una carrera muy sacrificada que no produce dinero”.

Ahora en su faceta de padre, Leo me cuenta con mucho orgullo sobre sus hijas, Daniela y Sarah. La primera se dedica a la pintura y la segunda es arquitecta. Ambas destacadas profesionales y según él, apasionadas con su labor.

Leo cursó Psicología Industrial y Ciencias Sociales en la Florida State University. Para muchos de sus colegas contemporáneos, la universidad era casi una exigencia para tener el visto bueno de la familia y poder dedicarse a la música. Esta última jamás ha sido tomada como una carrera por cuenta propia, y a pesar de que los tiempos son diferentes ahora y voces expertas afirman que lo importante es la capacidad de adaptación y creación, la realidad no ha cambiado: pocos consideran la música como una carrera o profesión.

Por un lapso de veintitrés años, Goldfarb se dedicó a trabajar en la industria del calzado. Esta experiencia fue su respaldo a la hora de entrar a las filas de la empresa de instrumentos musicales. Era amigo de la familia, y cliente cuando se enteró de que necesitaban a alguien que manejara la parte comercial. Su experiencia en el mundo del calzado incluía estar al tanto de cómo desarrollar productos. Fue así como llegó a Compañía Alfaro, en noviembre 2018.

OCÉANO

ESCUCHA MIENTRAS LEES. Vídeo de la canción El Derramó Su Amor Por Ti. Al momento de la publicación de este artículo, el mismo tiene 5.9 millones de vistas.

La banda nació como Ocean en 1981 y su primera presentación frente a un público fue en playa Coronado. Tocaron covers en inglés y un par de composiciones propias, también en inglés. Cabe destacar que les pagaron con comida.

Su primer álbum fue producido por ellos mismos y lanzado en marzo de 1984, al cual le siguió el ya legendario Conga Rock. En 1993, la banda se traslada a Estados Unidos para grabar el tercer disco No Se Baila, Pero Se Goza. Posteriormente en 1999, lanzan su cuarto álbum de estudio Corazón del Universo.

Los discos de Océano están disponibles en las plataformas digitales, y algunos todavía en formato físico en ciertos locales.

El 15 de diciembre de 2000, en el bar La Cantina en el corazón de la ciudad de Panamá, tiene lugar la grabación en vivo de su disco Esta Noche, un recuento musical histórico en el que la banda interpretó sus canciones más queridas y complementaron la ejecución con algo de historia sobre las canciones, en palabras de Leo, “para los más jóvenes”.

Lo que más valora de haber estado con Océano es que recibieron gran aceptación por parte del público. Por desgracia, no contaban con los servicios de un gerente que trabajara para la banda y aunque exitosos en cifras, los integrantes dejaron de percibir las regalías correspondientes por falta de organización. Considerando que todo proyecto artístico debe contar con un buen manejo administrativo, en palabras de Leo la situación en parte tuvo que ver con la inexperiencia y juventud del grupo.

Eso no impidió que siguieran en una furia creadora y, de hecho, producían más ideas que el tiempo que tenían para grabarlas. Para el siguiente disco después de Conga Rock, llegó la invasión, y el proyecto inicial era costoso, alrededor de treinta mil dólares. Pasada la tormenta posterior a la revuelta política y entrada la nueva década los noventa, Océano seguía activa, aunque haya poca evidencia de ello para las nuevas generaciones. “En parte es culpa nuestra por no haber hecho tantos videos en ese tiempo, que al público le cuesta recordar a los miembros de la banda. Grabar era complicado”.

No obstante, la agrupación acumuló experiencia como teloneros para grandes nombres Les abrieron a Quiet Riot, Kansas, Maná, Alejandro Sanz, Guillermo Dávila, Survivor, Air Supply, Shakira, Menudo (pequeños y grandes), GunsN’Roses, Los Toreros Muertos, José Feliciano, Timbiriche y Los Prisioneros. Y en especial recuerda cuando pudieron abrirle a Toto (su banda favorita), Black n Blue, Franco de Vita, Miguel Mateos y Aditus. Alternaron también con Ricky Martin y participaron como invitados musicales en el concurso Miss Universo cuando este se celebró en Panamá, en 1986.

Después de un éxito como Conga Rock, sonarán desconcertantes los obstáculos mencionados de recursos económicos para el nuevo material discográfico que tuvo que atrasarse, y la falta de videos. Leo respalda su argumento en los estándares de trabajo elevados y costosos que mantenían. Se entiende: después de pisar escenarios junto a nombres tan grandes, comprendo que no podían darse el lujo de sacrificar el nivel ya logrado. No solo cargaban en sus hombros el peso de su nombre como banda. Percibo que estaban conscientes de que, en cada lugar que visitaran, llevarían el prestigio de toda la escena musical de su país.

REFLEXIONES Y LECCIONES

Para Leo, la tecnología es, a pesar de todo, una aliada. La generación de artistas que vivió la transición de la grabación análoga a digital lo entiende. Leo no ha dejado de crear música: su agrupación Santos Diablos estrenó en 2018 su disco Calle de la Vida, una joya musical compuesta por diez canciones, que combina estilos de jazz, salsa y rock. El grupo está conformado además por Tony Martínez, Ariel Sanmartín, Boris Allara, Luis Valencia y David Gómez, juntos todos desde 2010. Aparte de ser el productor del álbum, Leo hace los coros y toca la batería.

“El rock como género musical pierde su fundamento al alejarse gradualmente del R&B. Esto empezó a ocurrir en los noventas; en ese momento con la ascendencia del grunge, empieza la decadencia del rock, el cual es actualmente un género establecido, pero ya no es la fuerza musical dominante que era por más de tres décadas”. Vivir en primera persona todas las edades del rock otorga autoridad a sus palabras.

En el pasado, los conciertos de rock contaban con la guitarra como atracción principal del espectáculo. Nada como disfrutar un buen solo de cuerdas, improvisado en interpretado en vivo. “La guitarra es la ametralladora del rock. Es la insignia. Cuando empieza a perder fuerza, se debilita el género”. Es importante además el amor con el que los artistas se dedican a producir la música. Incluso con los géneros considerados parte de la decadencia, como el reggaetón, Leo considera que se podría hacer algo mucho más interesante si hubiese disposición y paciencia.

Dada su experiencia creciendo en un hogar donde abundaba la música, Leo sabe que al exponer a las nuevas generaciones a un sonido constante como el que caracteriza al reggaetón, este se vuelve su realidad. Se da lo mismo con la música más elaborada. Esta conexión del género con la vida cotidiana hace, por ejemplo, que las personas se sientan raras cuando acuden a un sitio de diversión nocturna y el DJ no pone música reggaetón.  

 “Ya no hay paciencia para escuchar la música. Se ha ido simplificando y deshumanizando”.

En el NAMM Show 2019 (evento anual organizado por la Asociación Nacional de Comerciantes de Música), Leo pudo disfrutar de la presentación de un grupo musical con batería, teclado y bajo, mientras hacían una grabación discográfica en vivo, con el propósito de familiarizar a la gente con el proceso. Las iniciativas por mantener con vida la música orgánica no mueren, solo quedan huérfanas ante la cultura consumista actual.

Leo usa como ejemplo lo ocurrido con el jazz: “Estuvo presente por mucho tiempo en la música popular y hasta sonaba en televisión; tenía mucha exposición y era parte de lo cotidiano. Ahora es un género establecido, un poco menos popular en comparación con la ubicuidad de la que gozaba en el pasado”. Tal vez por eso ahora sea mucho más apreciado entre los que lo disfrutan. Creo que el consumidor respeta más la obra cuando ya no puede darla por sentado.

Puede que, a sus jóvenes cincuenta y tres años, Leo considere que para los millenials su música es desconocida. Puede que tenga razón en que la falta de vídeos desconectó a la banda de la generación MTV que creció consumiendo buena música en televisión. Pero también tuvo razón en seguir grabando discos, tanto con Océano como en su proyecto solista, y ahora con Santos Diablos. Muchos artistas de décadas pasadas se clavan en la idea de convertirse en un mito y dejar de crear. Se refugian en que el tiempo del grupo ya pasó. Para los fanáticos, Océano sigue con la misma fuerza en sus corazones, ayudado por la producción musical que todavía existe en formato físico, en algunos comercios de la ciudad.

MP: ¿Por qué usted sigue en la música?

LG: Me apasiona. Es parte de mi identidad.

Leo responde como si la respuesta estuviese sobreentendida. Sus ojos brillan cuando pronuncia “me apasiona”. Se muestra confundido ante mi pregunta. No es su culpa, desconoce las filas de frustración y conformismo que tuve el honor de presenciar; ignora sobre la presencia, en una misma banda, de artistas genuinos que respetan su propio legado y se entusiasman con la idea de seguir creando juntos, al lado de poetas del hartazgo que sumergen los pies y desbaratan la herencia (o lo que queda de ella) con su desamor y sin ayuda de nadie. Y digo honor, porque pocos tienen la oportunidad de escucharlo de sus propias bocas. El resto de los fanáticos vive la angustia de la interminable espera por un nuevo disco. Pocos tenemos el privilegio de que el músico afirme que dejará morir el proyecto en el olvido.

Santos Diablos combina estilos fusión de jazz, salsa e influencias rock. Tienen canciones románticas, alegres y profundas. La experiencia acumulada de cada uno aporta al proyecto una esencia irrepetible. Foto tomada de Facebook.

Consejos de Leo Goldfarb para nuevos artistas:

  • Aunque te dediques a la música, es prudente contar con una profesión, sobre todo en Panamá que es un mercado pequeño.
  • En comparación con el resto de Latinoamérica, Panamá no es una potencia de exportación musical, aunque produzca mucho talento. Vete adonde valoren tu trabajo.
  • Si quieres vivir de la música, tendrás que dedicarte de lleno al instrumento. Haz lo que yo no me comprometí a hacer: practicar y convertirte en el mejor.

Los consejos de Leo sonarán fuertes. Quizás decepcionarán a unos y alentarán a otros. Y no faltará quien pretenda hacer de la banda pionera del rock nacional una imagen desgastada de lo que anteriormente fueron. Error. Océano es parte del patrimonio musical en español. Se atrevieron a ser diferentes y cambiaron sus esquinas cuadradas por una propuesta osada, ondulada y divertida, que llamó la atención de todos. Causó furor en su propio patio y se ganó el amor de fanáticos en otras fronteras. Vendió más copias de discos que las que muchos fenómenos actuales alimentados de “likes” y seguidores podrán alardear. Inspiró a una generación prolífica que siguió labrando y sembrando el cemento en los noventas. Fascinó en la primera década del nuevo milenio con un disco en vivo y dos producciones más de estudio.

Sus miembros fundadores son ya unos señores, pero en pleno uso de sus facultades y con la dicha que la música les inyecta. Participan a su manera de la escena musical, sea en escenario, en la cabina de emisoras de radio, o en venta de instrumentos. Contribuyeron a la creación de la identidad musical de Panamá, pueden darse el lujo de disfrutar su legado y hacer lo que les guste. Y merecen el respeto de todo medio masivo y público en general, periodistas serios o improvisados, programas de radio o barateces televisivas como a las que a veces los invitan.

Así como celebran torpezas verbales de deportistas retirados, sea que nos dejen en alto o en ridículo, artistas como estos que se expresan siempre con buen humor, pero con propiedad, cuyo único pecado es la autenticidad, merecen respeto. Cada reseña que se les haga debe ensalzar su aporte, no ridiculizar ni hacer de su nostalgia personal un tema para sacar provecho ni cuestionarlos.

Hay bandas panameñas de renombre y calidad, que quedaron en deuda con su afición; otras se extraviaron de su identidad inicial, y a pesar de tener miles de seguidores y éxito monetario, su producción ya es todo menos artística y sus fans se preguntan por qué se fueron, y ahora quién paga la deuda. Pero Océano y su vocalista y baterista, Leo Goldfarb, tienen sus huellas pintadas en la historia imperecedera de la cultura de Panamá. A pocos días de celebrarse los quinientos años de fundación de nuestra ciudad, yo celebro que exista su música para que la conozcan los más jóvenes, los que no vivieron la fiebre del Conga Rock ni quedaron pasmados con el baterista-cantante y sus prodigiosos camaradas.

Celebremos el patrimonio musical que Leo nos ha dado: revivamos lo mejor de la producción discográfica de Océano, de su proyecto como solista y bailemos al son de Santos Diablos. Le debemos una disculpa, un agradecimiento y un tributo en vida, como uno de esos que tantas veces suena para la música extranjera, en esos antros capitalistas de consumismo que contaminan las esquinas cuadradas de la ciudad. 

Vídeo de la canción “Maneras de Amar“, del álbum Calle de la Vida, de Santos Diablos. Grabado en Rock & Folk. 2018.


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