Nada reemplaza a Lemmiwinks

Jueves. Primeras horas de la mañana. En la misión quijotesca de crear un punto de empatía entre letras y música, decidí arriesgarme, sin el desvelo de esperar respuesta, a enviar mensajes de invitación a varias bandas nacionales para que me concediesen una entrevista. Si los convocas, vendrán, y si no, se enterarán. Pasados dos días, grata fue la sorpresa cuando la primera banda en responder y poner fecha a nuestro encuentro fuese una de las más reconocidas:  Lemmiwinks.

No parecen haber envejecido un solo día, desde que los disfruté por primera vez en una esquina olvidada de Chanis, en donde, de forma extraña, se presentaban ante un público de jóvenes seguidores de rock cristiano. Eran los tiempos de vivir a la sombra de la estrella (en alguna publicación futura explicaré a qué me refiero). Mi ganancia consistía precisamente en conocer otras bandas y disfrutar de su música sin pagar entrada. Solo los conocía por nombre, pero cuando destacas por ser irreverente y divertido, tus fanáticos, por pocos que sean, se vuelven tu mejor publicidad. En ese tiempo no sabía nada de ellos, solo que tenían una canción llamada El Gallinazo y que su espectáculo no decepcionaba.

Y resultó cierto. Era el año 2008 y todavía recuerdo cómo Poti Far (guitarra y voz), Alex Alba (guitarra y voz), Benito (batería) y Yankee Rivera (bajo) dieron un espectáculo entretenido y cargado de canciones furiosas con letras provocativas para corear a toda voz. Nada de tonadas melosas añorando el amor perdido ni sacrificios monógamos. Diez años después, son los primeros en aceptar gustosos una conversación para este adúltero proyecto. En ese tiempo eran cuatro integrantes y en 2016 se convirtieron en un trío.

Poti, me dicen.

Poti Far es un referente en la escena del espectáculo en Panamá. Conoce la música tanto desde el escenario como detrás de él, aparte de participar en otros proyectos musicales. Me invita a acompañarlos a la prueba de sonido y así conocer al resto de la banda. En el lugar se encuentra un músico e inmediatamente se muestra interesado en conocer más de su joven colega. Le hago saber que la memoria de una presentación que valió cada minuto de atención perdura, entre imágenes intercaladas de frases locas, riffs de guitarra y mucha interacción con el público. Me invita a sentarme y se acomoda junto a sus compañeros, frente a una lata de bebida energética. Su barba salpicada de canas no le resta chispa a su semblante juvenil. Es algo frecuente entre verdaderos artistas: no parecen envejecer tan rápido como el resto. Es el resultado de encontrar tu tribu y dedicarte a lo que te apasiona.

Juntos desde 2005, Lemmiwinks ha recorrido un camino que muchas bandas actuales envidiarían. Tocar en escenarios de países como República Dominicana, Estados Unidos y Canadá les permitió apreciar y entender mejor la situación del rock. Les mostró que el público panameño es difícil de complacer. Pero eso no ha sido una excusa para dejar de mantener viva la llama del rock y darlo todo en cada escenario.

Son pasadas las siete. Todavía hay que hacer prueba de sonido, no obstante, continúan respondiendo mis preguntas con jovialidad.  Alex se muestra interesado en mi libro Sobre tus hombros, mientras cuenta que su segundo hijo nacerá pronto. Un hijo en camino y un disco en proceso, este último siendo grabado por proceso analógico. Todo apunta a un balance entre vida personal y vida de músico. Es posible si se tienen las prioridades ordenadas, pero inevitablemente alguna de las dos sufre.

Aparte de ellos, en esta ocasión tocará la banda de hardcore Rencilla y la propuesta de trash metal de 2 Ton Yakama. Es un jueves de diciembre y en medio de dos fiestas de fin de año, hay espacio para rockear. Para Lemmiwinks, hay espacio para compartir sus anécdotas y perspectivas sobre ser músico.

“Fue amor a primera vista”, afirma Benito, quien en medio de una bocanada de su cigarrillo eléctrico evoca la primera vez que vio una batería, cuando contaba con unos seis años. Sin embargo, su madre le sugirió que aprendiera “algo más bonito”, como el piano. Observación válida para algunos, no para los músicos y fanáticos. La batería es un instrumento de incomprendida belleza. Convertir frenéticos golpes en el ritmo que dará base a las canciones de rock sin que parezca un escándalo es un hermoso proceso que pocos entienden. Además, el piano dista de ser un instrumento inocente: que exija más delicadeza no le quita que sea un instrumento cuya ejecución puede volverse un tedio para el aficionado. Presiona la tecla equivocada y toda una tonada pierde sentido para el auditorio.

Alex, por otro lado, refiere que creció junto a la música, pues su padre tocaba boleros. Pero su primer contacto con la eléctrica fue una Squier desafinada de un vecino. Luego de verlo tocar, puedo asegurar que en la ejecución de Alex existe una versión propia de la amalgama de ambas influencias. Disciplinado, meticuloso, una prueba de sonido eterna y un desempeño bastante limpio, pero a la vez furioso y dinámico, dan fe de la bondad de ambas influencias. Como muchos guitarristas, fuera del escenario es el más callado de sus compañeros, pero al abrazar su guitarra, se transforma y ejecuta con cada músculo de su cuerpo, torciendo sus piernas y saltando sin temor en su puesto.

La influencia musical, en el caso de Poti, está trazada por su fascinación con bandas como Propagandhi (Canadá), Fugazi Meat Puppets (Estados Unidos), además de Los Fabulosos Cadillacs (Argentina). Los videos de música transmitidos por televisión también repercutieron sobre su deseo de hacer una banda. Aparte de artista es evidente que maneja a la perfección ser el relacionista público de su equipo; exuda confianza y sabe vender bien a su banda y aprovechar oportunidades. Muy acertada actitud: nadie comprará tu idea si no eres el primero en creer en ella.

Los Meat Puppets, una de las bandas que inspiró a los miembros de Lemmiwinks, son los autores de esta famosa canción “Lake of Fire” (1984), popularizada por otra muy famosa banda.

Situación del rock en Panamá

La música en vivo no está en su apogeo, afirma Poti. Lamentable pero cierto. El público panameño no ha sido expuesto al rock de la forma adecuada. Se siente, según él, como si alguien hubiese presionado un botón de reset en la última década. No hay una cartera, pareciera que las bandas no desarrollan un espectáculo. Yo añadiría que no es por falta de interés ni amor por los escenarios, sino porque no ven el incentivo, o simplemente no se crean las oportunidades.

“Lo Creatura” (2014) en formato de disco de vinilo, disponible también en digital (y para enviar como obsequio) en bestbandever.com. Ideal para uno de esos amigos nostálgicos de los tocadiscos.

Terminada la conversación, la banda me invita a quedarme para el evento. Era un poco tarde en la víspera de un día laboral, pero valió la pena. Disfruté todo: una meticulosa prueba de sonido, la cortesía de Poti en regalarme algunos souvenirs, la forma tan desprendida con la que aceptaron la entrevista y la entretenida presentación frente a un público muy concentrado en el momento, que respondía al interrogatorio: “¿Cuál quieren escuchar?”, cada uno gritaba algo distinto. Como si fuera poco, tocaron canciones de su nuevo trabajo.

Un oportuno hiato en medio del hartazgo de las fiestas decembrinas. Una noche de buena plática y buen rock, con el complemento de la amable atención del personal de El Sótano.

Consejos de Lemmiwinks para músicos novatos:

  • Ensayen, hagan canciones, graben, pasen tiempo en el estudio.
  • Mantén vivo el niño interior, aunque pasen años, conserva una pequeña inmadurez. Es el remedio para no dejarse hundir en la vida de mortal.

Nada reemplaza a una banda en vivo, afirma Poti, con la convicción y el criterio que su vasta experiencia entre artistas y público le otorgan; con la emoción del que alguna vez fue un niño fanático con sueños de rock star, y con la satisfacción de que siempre que das lo mejor al público, ofreces una experiencia irremplazable.



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