Interludio Especial Cuarentena: Orégano y Oscuridad (Parte 1)

Diciembre de 1989. Hora de dormir. El piso de la habitación en que cabía mi universo se ubicaba en el 27 del edificio en calle 4ª en Pueblo Nuevo, al que luego supe que, de broma, le dicen “la cajeta”. Cada noche, la mujer más fuerte del mundo me cubría con una sábana y me daba un beso. No era tiempo de escuela, y en el mueble de la habitación había un televisor que no me dejaban encender sin permiso, un Betamax y películas para rato, pero, sobre todo, buenos libros.

No acostumbraba a hacer demasiadas preguntas. Ella sabía todo. Era la persona adulta de la casa, a ella acudía cuando el miedo me abrumaba. Me sabía de memoria las canciones de http://roundersonthestrip.com/heart-attack Alice in Wonderland, en todas sus versiones. La historia en sí era fascinante: una joven atormentada por las estrictas imposiciones de su sociedad cae dormida junto a un árbol, para entrar en un viaje onírico donde al perseguir una criatura que tiene mucha prisa, cae por un abismo.

El mundo que ahí encuentra es fascinante y, a la vez, aterrador, poblado por arquetipos de cada vicio del ser humano. En varios momentos, Alicia se ve ante decisiones difíciles y se percata que quizás sus acciones no son insignificantes. Desconocía totalmente la fuerza que vivía en ella. Es ahora la esperanza que sus nuevos amigos necesitaban. No tiene que vivir condenada a las imposiciones ajenas. Por fin entiende su verdadero poder.

“¿Qué puedo hacer para que todo el mundo se calme?” A los seis años, el magma político latía en mí. Recitaba de memoria las cuñas que pasaban en la radio sobre el derecho a hablar. Conocía los nombres de las figuras relevantes del momento, las banderas de los partidos (sin saber la razón, la estrella verde cautivaba poderosamente mi atención) y aprendí una palabra fascinante: democracia. La mujer fuerte no tenía respuesta a mi pregunta, pero siempre me devolvía alguna frase oportuna, quizás banal a los ojos de otros, pero que tuvo suficiente poder sobre mí como para que fuera a mi cama sin atribularme:

this page “Estudia”.

Para pintar mejor la escena, desglosaré lo que seguía.

“En este momento, tu único trabajo es estudiar y ser una niña. Yo me encargo de todo lo que necesites, y si ves o escuchas algo que te cause temor, acude a mí y yo te lo explicaré. No quiero que tengas miedo. Tampoco quiero que te afanes por los temas de los adultos que salen en las noticias. Deja que yo los escuche y confía en mí. Aquí estoy para protegerte y aclarar todo lo que te preocupe”.

Luego, para no privarme de perspectiva, cerraba con esta frase: “Cuando seas mayor, lo entenderás. Y te voy a necesitar”.

Marzo 2020. Domingo. Estoy sola con mi tribu cuadrúpeda. Le envié un vídeo para que sepa que, desde mi pequeño palacio, estoy bien y pienso en ella. Su teléfono se tranca cuando tratamos de conversar en vivo, y ella cree que sus mejillas son muy anchas. Intercambiamos fotos del día: la receta que está probando, la rutina de ejercicios que encontré, el libro que estoy leyendo, el perro que afortunadamente encontró a su dueña en su edificio, uno que otro comentario gracioso. Ella se preocupa por las pocas horas de sueño que debe tener la comunidad de expertos, yo le reitero que siento orgullo por ver a mis maestros en la mesa de la sala de situación.

Eso no quita que piense en sus pulmones asmáticos, sus arterias hipertensas y su increíble fortaleza. Me desvela también el bienestar de mis vecinos, los de las casas que adornan mi ventana, el de mis colegas médicos que están dejando la vida en la trincheras (no como yo), el de los sabios sexagenarios que a diario nos tranquilizan y orientan, y sí, el bienestar del presidente. Un país en crisis sin su mandatario en pleno uso de sus facultades es un barco en hundimiento. La empatía por el prójimo no me la enseñó una iglesia ni un curso: la aprendí de mi madre y de nuestros vecinos en tiempos de crisis.

Amanezco frente a la vista de la ciudad, cuyas luces se mueven más lento en estos días. Su gente de fe parece haber perdido el camino, sus laureados profesionales acapararon papel higiénico y forcejearon por inútiles tabletas de vitamina C, y sus artistas, creadores de cosas bellas, han formado una separación con dos bandos muy definidos: los que, con su magia musical, exteriorizan su llamado a la consciencia colectiva y al empoderamiento de sus conocidos, y los que expelen lo mejor de su flema barbárica, impulsada por un aturdimiento o bien, una resistencia voluntaria a entender información sencilla.

Las crisis sacan lo mejor o lo peor de cada uno de nosotros. Lo único asfixiante en mi caso ha sido que, por un rato cada día, siento las piernas inquietas, mi mente se va al nosocomio del que escapé antes de que la vida dejara de tener sentido, y una extraña culpa me aprisiona: no estoy ayudando, serviría de algo estando allá. Junto a las bombas de infusión y frente a la población angustiada, me atormenta pensar que podría estar ahí, mis colegas tienen hijos, a mi nadie me necesita. Me calmo y regreso a la cordura: mis colegas son los mejores y yo no les llego a los tobillos.

Antes no había una palestra en la que esparcir pánico absurdo a muchas almas de una sola vez. Como espectador, leías los periódicos que, en ese tiempo, benditos sean, cumplían la heroica función de llevar la verdad aunque costara la vida, o dabas vuelta a la perilla de la radio o televisión y prestabas atención a los que empoderaban a los oprimidos, a los periodistas, que compartían la información relevante a la población con un vocabulario apropiado y didáctico, sin rellenar espacios vacíos con los tuits de la farándula embrutecedora de la ciudad, o la opinión sobre el remedio de estiércol de vaca para el virus.

Micrografía del Vibrio cholerae, agente causal del cólera. Fuente: historyofvaccines.org

También recuerdo las cuñas de promoción de salud sobre el cólera. Una condición cuya víctima puede sufrir diarreas de diez litros diarios y provocar un shock en horas, estuvo en el país. Y de él se fue. Luego fue el dengue, con su aterrador apellido “hemorrágico”. En la escuela explicaban la importancia de eliminar los criaderos del mosquito vector, el Aedes aegypti, y los síntomas que provocaba la infección, que nos aprendimos de memoria. Era tranquilizador estar en las aulas de clase ante estas situaciones. Los maestros se encargaban de que los alumnos recibiéramos orientación y respuestas a nuestras dudas, si no de ellos, de los que sabían más.

Por ese detalle tengo buenos recuerdos del 89. Mi madre me explicó todo, con palabras sencillas y enfatizando en que confiara en ella. En retrospectiva, sé que ella estaba asustada, tal vez incluso tuvo días que hacía malabares con los ahorros para alimentarme. El solo pensar que quizás dejó de cuidar de sí misma para que yo comiera es algo con lo que difícilmente puedo lidiar. Nunca la escuché vociferar críticas a gobiernos ni figuras políticas, ni quejarse con sus amigas, no me ignoró un solo segundo de nuestra convivencia en casa, en medio de la tempestad.

Eran tiempos de incertidumbre, donde cada padre decidió ser el pilar de su familia y la fuente de calma de sus hijos. Gracias a la mujer fuerte, entendí que ser padre es también enseñar a los hijos a ser parte de la ayuda a su comunidad, aprender que no todo se puede controlar, pero que sí hay mucho que hacer y que tenemos poder para impactar sobre los resultados. Así fue como, por bendición o suerte, muchos crecimos con las lecciones de enfocarnos en el presente, en lo que podemos controlar y en lo que sabemos que está en nuestras manos.

Hubo también, en ese 89, quienes perdieron los tornillos y saquearon por doquier. Las imágenes de vitrinas rotas de comercios y supermercados todavía están tatuadas en las retinas de los ahora treinta y más. Hubo ciudadanos civilizados, solidarios, pero también destacaron las bestias. Tal vez son sus hijos los que acabaron con el papel higiénico y empujaron señoras mayores para llevarse todo el cloro y las naranjas que encontraran. Pobre no es quien carece de recursos, sino el que cierra su mente al entendimiento y la razón.

Inmaduro no es el de corta edad, sino el que, en vez de mirar hacia las soluciones, patalea por culpables inexistentes, sin ser él la víctima y sin haber entendido la futilidad de su protesta, creyendo que sus brillantes pataletas son el remedio mágico que los mejores cerebros juntos con siglos de conocimiento sumado no tienen. Y perdido quien, al encontrarse entre tanta luz en una época de ventaja tecnológica, se decide por la oscuridad. Algunos, en cambio, tienen suerte. Luego del 89, el cólera, dengue, SARS, septiembre 11, dietilenglicol, zika y un largo etcétera, soy parte de los ilusos que creen en la grandeza de la voluntad humana.

En momentos de gran incertidumbre, se vuelan los filtros y cada uno demuestra lo que realmente es. Y en toda situación crítica, hay héroes en sus pequeños círculos. Ahora, en medio de un flagelo invisible y a la vez tan grande, nuestro poder es mucho mayor; tengo prohibido creer lo contrario, no soportaría la culpa que ya llevo por no estar en la línea de fuego; orientar también es necesario, le devuelvo el favor a ella y a los que me educaron.

Louis Pasteur. Fuente: biography.com

Tenemos todo para ganarle a esto, y para no dejarnos desenfocar. Pero veo el enorme desdén que existe por la ciencia. Bochornoso. Ninguno de los alarmistas dudaría del descubrimiento y legado de Pasteur al beber productos de su propia nevera, sus hijos llevan vidas muy distintas a los que vivían en el siglo pasado cuando Banting y Best veían morir lactantes con deficiencia de insulina, y más importante aún: todas las mujeres con embarazos a término pueden asistir a los hospitales, con la confianza de que el riesgo de una fiebre puerperal es casi nulo, gracias a un loco al que se le ocurrió un acto tan simple que muchos menosprecian: el lavado de manos. Un ritual que salvó a millones, ritual por el cual su descubridor fue exiliado de la profesión y aislado en una institución mental.

Es hora de volverse loco. Igual nadie lo verá como locura; se acabó el papel higiénico y hay gente bañándose con cloro. Me pregunto qué dirá el salvador de madres ante toda esta ridiculez. Empezaría por contarle que hay quienes reciben un manojo de “orégano de felicidad” y sin dudar de su procedencia ni hacer preguntas, lo introducen en su cuerpo, a la vez que se creen en el derecho de menospreciar a los hombres y mujeres de batas, microscopios y ojeras. No le gustará saber que ahora el bofetón viene de los que gozamos los beneficios de su esfuerzo.  

Tocará entrevistarlo.

(Continúa…)



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