POLIFONÍA MACABRA- por Osvaldo Reyes

Con una envidiable lista de publicaciones en el género negro, el escritor panameño purchase Pregabalin Osvaldo Reyes es un ejemplo de persistencia, disciplina y pasión para todo escritor novato. Admirador de la obra de Agatha Christie, Stephen King y otros, Osvaldo posee una fanaticada fiel que cada año espera sus libros.

Aquella edición de la Feria del Libro de Panamá en 2012, en la cual debuté como parte del gremio de las letras fue memorable por diversas razones. La oportunidad de conocer a Osvaldo fue una de ellas. Recuerdo verlo sentado frente a una pequeña mesa, en el puesto de la ya extinta Exedra Books. Sabía que era médico, así que me le acerqué y le pregunté sobre su obra El Efecto Maquiavelo. Fue muy amable, sin embargo no me presenté como escritor sino hasta dos años después.

En 2012, Osvaldo presentaba su novela En los Umbrales del Hades, su segundo libro publicado por Editorial Exedra y revisado por un reconocido escritor panameño quien, al ser entrevistado sobre la obra de Osvaldo, dijo: “Estoy seguro de que si fuera un autor extranjero, promovido por una editorial extranjera, Osvaldo sería la sensación de la Feria”. Leer esta lapidaria aseveración fue difícil; no obstante, refleja una realidad: la fascinación con la farándula y el entretenimiento semidigerido también han contaminado el evento cultural más grande del año.

Por suerte, el tiempo anuló las palabras del bienintencionado revisor en cuestión. Con productiva paciencia y dedicación espartana, Osvaldo Reyes dio a luz a sus siguientes “hijos de papel” (como él mismo les llama): browse around this website Pena de muerte (2013), La estaca en la cruz (2014), Sacrificio (2015), El canto de las gaviotas (2016), El cactus de madera (2017), y Asesinato en Portobelo (2019) así como las colecciones de cuentos Trece gotas de sangre (2014) y Trece candidatos para un homicidio (2018).

Junto con su notable producción, su participación continua en la FIL, sus intervenciones en conversatorios, festivales y reuniones de clubes de lectura lo volvieron uno de los favoritos del máximo evento literario del año. Como lectores, coincidimos en que la escritura exige cierto nivel de lectura, pero también discrepamos: se declara incapaz de rayar los libros que lee, mientras que yo dejo un mapa de anotaciones, resaltados y dibujos en las páginas de las obras que adquiero. Como escritores, no existe comparación: Osvaldo es un referente, un verdadero escritor; un hijo ilegítimo de Victor Frankenstein y H.P. Lovecraft. Prolífico, siniestro, cautivador. Aquí un original relato, creado por Osvaldo para Adulterio Creativo.


            -¡Suficiente!

            Carlo Mantovani giró la cabeza y miró con intensidad a la persona que se atrevió a gritarle de esa manera. Las conversaciones elevadas de tono de segundos antes cesaron y todos los ojos se desviaron en dirección del galeno, para después moverse hacia la persona que, sentada en una silla y con un libro en la mano, observaba indignada a Mantovani.

            Él no respondió al grito. Tan solo alzó la ceja derecha y se quedó esperando una aclaración, su mano a unos milímetros de un cable delgado de color plata que parecía pulsar con energía propia.

El doctor Carlo Mantovani es el protagonista de la primera novela de Osvaldo Reyes, “El Efecto Maquiavelo”. Esta fascinante obra empezó como una historia de fantasmas, durante un turno del autor que, como médico, se percató que a una paciente le fue subido el goteo de una venoclisis. Nunca supo quién fue el responsable, pero alguien le dijo “De repente fue la enfermera fantasma”. Dibujo: Abraham Núñez Ibarra.

            Los dos mantuvieron el contacto visual hasta que, no soportando más la tensión, una segunda voz decidió intervenir.

-No vale la pena, Jamilen.

            -¿Por qué no? -dijo ella colocando el libro sobre la mesa, pero sin dejar de mirar a Mantovani-. ¿Por qué siempre debe decidir él? Todos sabemos que tiene otros gustos musicales.

            Murmullos de asentimiento. Mantovani dejó el cable y se dio la vuelta. Caminó con calma, se acercó a la mesa y se sentó. Solo cuando terminó el movimiento fue que habló. Su voz, grave y sonora, siempre conseguía que los vellos de la nuca de más de uno se erizaran. Jamilen no era indemne al poder de esa voz, pero estaba demasiado enojada para dejarse amedrentar.

            -Sé que tiene otros gustos – dijo con una sonrisa pícara, apenas dibujada en la comisura de los labios -, pero prefiere la música clásica y le iba a poner una de sus favoritas. La necesita.

            -¿Cuál? -preguntó Jamilen, suspicaz.

            –Las cuatro estaciones de Vivaldi. Invierno, específicamente.

            -Yo prefiero Verano -dijo una tercera voz. No se sentó en la mesa, pero se paró cerca de los dos interlocutores. Mantovani, lo miró de reojo. Aunque no le respondió, su sonrisa se amplió un poco más. Le caía bien el hombre de porte distinguido, cabello corto y con la máscara de la Tristeza tapando sus facciones. No hablaba mucho, pero sus conversaciones siempre eran interesantes y se había vuelto un hábito sentarse con él, en una esquina de la red, a la sombra de la corteza frontal, a intercambiar historias.

            Jamilen odiaba al hombre que no se podía ver si sonreía igual que Mantovani. Todos sabían en ese lugar quién era quién y el hombre que se hacía llamar Tristeza era uno de los más detestados. Por lo menos por los personajes de su círculo cercano.

            La sensación de incomodidad empeoró al ver materializarse a su compañero. El hombre con la máscara de la Alegría se paró del otro lado y palmeó a Mantovani, divertido. Por la expresión en su rostro, no apreció el gesto, pero se mantuvo en silencio.

            -A los dos nos gusta el verano, pero por otras razones -dijo Alegría mirando a Tristeza-. Sin embargo, cuando hablamos de música, comparto la opinión de Jamilen. Le gustan otros géneros y algo de rock le caería bien en este momento. Limelight de Rush sería mi elección. Si no, Abracadabra de la Steve Miller Band o Bohemian Rhapsody de Queen.

Dibujo: Abraham Núñez Ibarra.

            Jamilen estuvo a punto de levantarse de la mesa y alejarse. Ya eran tres contra una y podía oler la testosterona en el ambiente, pero una mano se apoyó con delicadeza sobre su hombro, regresándole la confianza. Fue ella la que le sugirió que no siguiera. Ahora, venía en su rescate.

            Tendría que recordar darle las gracias más tarde.

            -Por suerte aquí no hay océanos ni playas -dijo Marialexis Graco, su otra mano sosteniendo una Beretta de color negro. Estaban encerrados allí de por vida y cada año se llenaba un poco más. Por suerte, los más peligrosos se reunían cerca de la Amígdala y no se alejaban demasiado de su calor, pero unos pocos emitían su propia energía y podían deambular por todas partes sin mucho esfuerzo. Con esa volátil mezcla, no era de extrañar que sus personalidades entraran en conflicto ocasionalmente y, una vez, una vampyr trató de arrancarle la yugular a Marialexis por un asunto menor.

Para sorpresa de todos, la detective disparó y la vampyr, un personaje central en la obra que se fraguaba en la mente del amo y señor del Páramo, desapareció. En el libro que se publicó poco después, esta vampyr murió en uno de los últimos capítulos, así que quedó la duda si fue el disparo o pura casualidad, pero desde entonces nadie se metía con la detective Graco y ella no se separaba de su Beretta.

-Si Él lo puede imaginar, nosotros existimos. Con o sin música.

            -Tal vez -dijo Marialexis cargando su arma y levantando el brazo en su dirección-. La pregunta es si te seguirá imaginando después de que te borre la sonrisa de la máscara con una bala.

Jamilen es un personaje de “En los Umbrales del Hades” y de “Sacrificio”, mientras que Marialexis Graco es la detective de la novela “Pena de Muerte”. El personaje enmascarado es parte de la trama de “El Canto de las Gaviotas”, mientras que el escribano Hernán Asensio forma parte de “Asesinato en Portobelo”. Dibujo: Abraham Núñez Ibarra.

            -Sabes que todo el asunto con los vampyr pudo ser una simple casualidad, ¿verdad? -preguntó Mantovani, sonriendo-. Tengo entendido que el Clan Navarra te tiene en su lista negra. ¿Qué harás cuando vengan por ti? ¿Cuántas balas tienes en ese cargador?

            Los vampyr se refugiaron en las profundidades del hipocampo y permanecían allí en espera de la secuela del libro que los trajo a la vida. Marialexis no tenía una respuesta para la pregunta de Mantovani, pero no pensaba dejarle ver que era un asunto que le preocupaba. Con una sonrisa igual de amplia, bajó el arma y la apoyó sobre la mesa.

            -¿Quieres averiguarlo?

            Un retumbo sordo, seguido de un grito descomunal, sacudió el Páramo. Todos giraron la cabeza en dirección del pozo, un túnel rodeado de maleza y piedras que llevaba al cerebelo. Vapores de color verde fosforescente salieron del interior y una ola de calor los rodeó por un instante, para luego desaparecer como si nada hubiera pasado.

            -Parece que nuestro amigo -dijo Tristeza -está jugando de nuevo con la idea de… ¿Ya le tiene nombre?

            -Es una criatura interdimensional más antigua que el universo -dijo Jamilen, un escalofrío recorriendo su nuca-. No ha decidido, pero cada mes la historia va tomando más forma.

            Mantovani miró el arma de Marialexis y le guiñó un ojo.

            -Si alguna vez esa cosa nace y la pone en el Páramo, espero que tengas balas para cuando eso ocurra. No las desperdicies en meros mortales.

            Graco arrugó los labios en desaprobación, aunque Mantovani reconoció el brillo fugaz de la complicidad en sus ojos. La detective era impulsiva y sobreprotectora, asumiendo el rol de sheriff del Páramo. No le gustaba el estatus que había ganado, pero si tenía que luchar contra una entidad de otro mundo, la quería a ella y a su Beretta de su lado.

            Como para zanjar el asunto, alzó la mano. Todos regresaron su atención a la situación actual.

            -¿Alguna sugerencia, detective Graco? -preguntó Mantovani.

            –Murder by numbers de The Police. Me lo puso de tono de celular por algo.

            -Le pareció una situación divertida, para plasmarla en una de sus obras. La canción le gusta, pero casi no piensa en ella, a no ser que recuerde a Frank Zappa y a Jimmy Swaggart.

            -¿Piensas que sabes todo sobre Él?

            -Sé más que usted. Llevo más tiempo viviendo en el Páramo y años en contacto con sus ideas. Yo estaba aquí cuando la creó y no escuchaba Murder by Numbers en ese momento.

            -¿No? – y la voz de Marialexis sonó dubitativa- ¿Qué era?

            Mantovani lo pensó un segundo, antes de responder-: Limbo de Daddy Yankee.

            Marialexis entrecerró los ojos y levantó el arma de la mesa. Hasta Hernán Asensio, el curioso escribano que llevaba seis años tomando forma y que recién había hecho su aparición, sabía que ninguna canción de reguetón estaba en su lista de preferencias musicales. Sugerirlo era casi un insulto.

            -No miento -dijo impasible Mantovani-. Estaba comprando ropa con su esposa y esa fue la canción que pusieron en los altoparlantes del almacén cuando te estaba imaginando. Por un segundo pensó en hacer que te gustara el reguetón y así crear una situación de conflicto con Jamilen en el futuro, pero desistió. Sabía que sería un punto insostenible. Tendría que aprender sobre reguetón para hacerlo funcionar y de solo pensarlo, casi cancela el libro.

            -Por suerte no lo hizo -le dijo Jamilen a Marialexis, sonriendo.

            -En su lugar -siguió Mantovani -otra melodía vino a su cabeza y se olvidó de la idea del reguetón, por suerte.

            -¿Qué canción? -tuvo que preguntar Marialexis, al ver que el doctor no pensaba decirle si no le preguntaba.

            –Murder by numbers de The Police.

            -¿En serio? -exclamó Jamilen-. Le acabas de decir que no pensaba en esa canción cuando nació.

            -Exacto. No lo hacía. Esa se le ocurrió después.

            Marialexis no tuvo tiempo de responderle. El Páramo tomó un tono rojizo y la radio en el cinturón de la detective empezó a craquear como contador Geiger en Chernóbil.

            -¿Qué pasó, Javier? -preguntó llevándose el aparato al oído. Todos estaban pendientes de sus palabras. El tono rojizo indicaba que iban a recibir malas noticias y de ellos dependía resolver la situación, si era posible.

            -¿Recuerdas el conversatorio que tiene programado a las siete de la noche?

            -Por supuesto. Debe llegar con tiempo de sobra. Falta una hora todavía.

            -No estoy tan seguro. Miren.

            Una pantalla se materializó a unos pasos y todos pudieron ver lo mismo que veía Javier, ubicado como primer vigilante visual en la región occipital. A Marialexis le hubiera gustado tenerlo allí, así como Jamilen hubiera querido tener a Ángelo cerca, pero todos tenían su trabajo. Javier estaba en la región occipital y Ángelo en el lóbulo frontal, controlando al que dirigía sus existencias. Su trabajo iba a ser muy difícil, considerando el video que se extendía delante de sus ojos.

            Cientos de destellos rojizos. Una línea de luces, como los foquitos de los árboles de navidad, se perdía en una curva a lo lejos.

            -¿Qué pasó? -preguntó Jamilen.

            -Algún accidente, de seguro. El tranque está pesado, pero estamos cerca de la salida de la autopista. Si logra salir de aquí, llegará con el tiempo justo.

            -Sabes que detesta llegar tarde -dijo Mantovani, levantándose de la mesa y encaminándose al cable plateado- y necesitamos bajar sus niveles de estrés. Vivaldi ya no es suficiente. Si lo hubiera estado escuchando, tal vez, pero ya no. Esto va a requerir de Paganini o, incluso, Carmina Burana de Carl Orff.

            -Jazz -dijo Jamilen-. Necesita calmarse, no activarse. Si va en la autopista, corriendo, lo acepto. Ahora, Diana Krall es justo lo que necesita. Temptation sería mi elección.

            Mantovani giró para zanjar el asunto de una buena vez, pero una voz inesperada lo detuvo. Los vellos en sus brazos se alzaron, cual animal salvaje que siente la presencia de un depredador.

            -Carlo. Sabes que me gusta el jazz y, de no ser por ciertos factores agravantes, me inclinaría por la sugerencia de Jamilen, aunque Diana Krall no sería mi primera opción. Algo como Thelonious Monk funcionaría mejor.

            -Ni siquiera se te ocurra sugerir Children’s song -dijo Tristeza-. Sé que es una de tus favoritas, considerando tu línea de trabajo, pero lo único que conseguirías es que le lanzara el auto al primer payaso que trate de rebasarlo por el hombro.

            -Si me escucharan -insistió el Mosquito- se habrían percatado, en mis palabras, que no pienso apoyar el uso de jazz en el presente predicamento y, para que quede registrado -dijo mirando a Tristeza- habría sugerido Round Midnight. La otra es para trabajar.

            -No sé cómo pudo crearte -dijo Marialexis, tentada a meterle un tiro. Su aspecto macilento y su lengua, que no cesaba de moverse de un lado a otro sobre sus labios, le recordaban a una serpiente. Sin embargo, no podía ponerle una mano encima. Cuando lo inventó no pensaba usarlo de nuevo, pero sus lectores querían saber más de una de sus creaciones más macabras y retorcidas. Al final, capituló y decidió que lo usaría en el futuro. Mientras tanto, era intocable.

            -Igual que a todos ustedes. Era necesario. Ahora, considerando que cada minuto que pasa el Páramo se pone más rojo, tenemos que tomar una decisión. Quiero sugerir Be Prepared. La de la versión animada, no la de la película. Uno de los trabajos más memorables de Elton John, si me preguntan.

            -Nadie te preguntó -dijo Jamilen, molesta. Odiaba al Mosquito con una furia que no podía explicar.

            -Hace una semana -dijo Alegría- tenía ganas de escuchar Smells like teen spirit de Nirvana y lograste convencerlo de escuchar Be Prepared. Después de eso llegó al hospital y se olvidó de Kurt. ¿Por qué te gusta tanto esa canción?

            -¿Por qué crees? -gritó Jamilen- Es de Disney. ¿Qué otra explicación necesitas?

            -Me subestima, mi querida psicóloga.

            -Dile querida una sola vez más- cortó Marialexis apuntándole con la Beretta- y te pongo una bala en medio de los ojos. Si Él tiene una hemorragia cerebral por mi culpa, me atengo a las consecuencias.

            -Damas y caballeros- dijo la plácida voz de Hernán Asensio. Estaban tan ensimismados que nadie se había percatado de su llegada-. Comprendo el motivo de la discusión. Aparecí en el limbo creativo casi a la par del doctor aquí presente, aunque demoré más años en tomar forma. No tengo gustos musicales propios, ya que no han sido necesarios, por lo que he desarrollado mis propias predilecciones basadas en su personalidad. En este momento, necesita calmarse, lo que conseguiría la música clásica, pero está demasiado estresado por culpa del tranque y la posibilidad de llegar tarde. Para eso necesita algo más movido. Algo de rock.

            -¿Qué sugiere don Hernán? -preguntó Mantovani, no muy interesado y decidido a poner la mente del creador en ritmo con las notas de Carmina Burana.

IMAGINATIVO. Este relato escrito por Osvaldo por invitación de Adulterio Creativo fue ideado dentro de la XV Feria Internacional del Libro de Panamá. Conversamos sobre la idea y en unos minutos ya tenía la trama elaborada. Dibujo: Abraham Núñez Ibarra.

            -Mozart Heroes. La sinfonia N° 40 con Enter the Sandman de Metallica.

            Mantovani se detuvo y miró a Alegría. La máscara escondía sus facciones, pero asintió dos veces.

            -Es una buena idea, Carlo. Creo que funcionaría.

            -Tal vez, tal vez- dijo deteniéndose a pensar. Detestaba aceptarlo, pero el escribano tenía razón. Era lo mejor de ambos mundos.

            De la pantalla salió un golpe seco. Todos voltearon para ver como un par de manos golpeaban el timón del auto.

            -Se está desesperando -dijo Jamilen. Y este lugar ya parece cuarto para revelado de fotografías. Mantovani, escoge algo y cálmalo.

            Yo no he opinado -intervino una voz adolescente- y si lo que padre necesita es emoción para soportar el tranque, denle algo épico de verdad. La batalla en los montículos de Basil Poledouris.

            Mantovani cerró los ojos cuando todos empezaron a discutir la opción de Saguaro. Tenía ganas de quitarle el hacha de las manos y silenciarlos a todos de una buena vez, pero por algo era el primero. Porque era capaz de tolerar eso y mucho más.

            -La necesidad se puede volver una obsesión- pensó antes de cerrar los dedos sobre el cable de plata. Al hacerlo, la luz rojiza empezó a atenuarse y en pocos segundos el Páramo se llenó de las cadencias de un narrador británico que, con su acento pausado, empezó a leer el tercer capítulo del último audiolibro que había descargado en su celular.

            Al soltar el cable y darse la vuelta, Jamilen lo miraba con el entrecejo fruncido.

            -¿Por qué no hiciste eso desde un principio?

Los personajes mencionados en este relato son parte de los protagonistas de las historias de Osvaldo Reyes. Su primera novela, El Efecto Maquiavelo, fue publicada mucho tiempo después de completado el primer manuscrito. Hoy, Osvaldo es una de las plumas más prolíficas de Panamá. Foto cortesía de Osvaldo Reyes.


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