Tributos, versionadas y otros onanismos

what is Fildena El día en que conocí a uno de mis héroes guitarristas reviví el escozor de experiencias pasadas. Tener la suerte de convivir con músicos en distintas etapas de mi vida me hizo cultivar un respeto por todo el que hace arte en versión original, sea deleitando a los ojos con una paleta de colores o hechizando la caja timpánica de cuanto incauto desconozca el poder transformador de la música.

Una de esas noches en cierto bar que pasó a mejor vida, un músico estrella y sus cómplices amenizaban las insulsas horas de felices trabajadores que contaban los minutos para ver el sol de viernes desaparecer. Paredes cubiertas de vinilos, lámparas extravagantes, cerveza barata a precio de artesanal, y una banda en vivo, tocando lo mejor de su repertorio… de canciones ajenas. Contratados para recibir una remuneración por dicha tarea, la banda en cuestión soñaba con interpretar su propia música y convertirse en lo mejor que hubiese parido el rock nacional.

Intercaladas con los éxitos clásicos de cada década, los virtuosos anunciaban “ahora vamos a tocar una de nuestras canciones”. El público, que irónicamente acudía a esos sitios para, según ellos, salir de la rutina (escuchando lo mismo) reaccionaba con un educado aplauso, entre molesto y resignado, dependiendo del nivel de alcoholemia. Pero entre los murmullos se intercambiaban frases como: “Que sea solo una y sigan tocando rock” o, “¡Qué pereza! ¿Por qué no pueden tocar buena música toda la noche?”. Conociendo la aversión que por lo regular demuestra el público promedio a lo nuevo, incluso de artistas internacionales, no desistieron. Añadido obstáculo, el repertorio original era exclusivamente en inglés, factor que exigía del vocalista un grosor de piel adicional, para no sucumbir a la intimidación ni al pánico.

La combinación de presencia escénica, ejecuciones ígneas y canciones ensayadas hasta el desmayo rindió fruto: con el tiempo, la banda se dio el lujo de tocar sus propias canciones como repertorio principal, grabar discos, viajar a festivales y sobrevivir las fases de un producto musical: birriadel barrio, banda de covers, música original y referente nacional. Una de esas bandas admiradas, no por datos tan superfluos como el número de seguidores en redes de consumo superficial, sino por mantener su identidad artística y sacar discos en pleno cenit del P2P. Ser testigo de ese fenómeno consolidó mi veneración por el esfuerzo del artista, en cualquiera de esos partos complicados de obras originales.

De ahí que mi criterio de melómana me impide todavía atravesar con agrado la experiencia de ver a bandas con harto despliegue de música original interpretando covers. Por otro lado, conocer y conversar con músicos veteranos que se dedican a esta tarea, me hizo entender y aceptar su valor desde otra perspectiva. Sigo sin apoyarla, pero le tengo un renovado respeto. Como a esa iglesia a la que no entras, frente a la cual evitas poner caras largas o escupir algún comentario impertinente.

Siendo escritora, padezco en carne propia el dolor que debe experimentar un músico cuando recibe rechazo hacia la intención de ejecutar su propia obra. Nadie le pediría a un escritor que invente una versión personal de un libro ajeno. Podría hilvanar una secuela, precuela o final alterno, pero jamás siguiendo palabra por palabra lo que ya otra pluma escribió, o con otros adjetivos o figuras literarias. Sería absurdo y lo acusarían de plagio. De hecho, los lectores acérrimos de novelistas y tejedores de ilusiones esperan con ansias la nueva entrega de sus sagas favoritas. El respeto por lo nuevo es una característica de todo buen lector. En cambio, el cine, teatro y afines permiten, por su naturaleza, replicar sin problemas en versiones novedosas el libreto de la obra ya engendrada por el autor, casualmente, alguna subespecie de escritor.

Por supuesto, muchas canciones legendarias son interpretaciones versionadas de otros artistas distintos a sus autores o cantantes originales. De eso se trata la música como legado: muchos consumidores jóvenes conocen female viagra buy Mil Horas sin saber de qué cabeza genial y desgreñada salió, pero la cantan, gracias a que otras bandas e intérpretes tomaron el esqueleto original de este himno del rock y lo vistieron con sus propios colores; y al escuchar por primera vez los acordes de focus https://tamesky.com/78210-buy-levitra.html Whiskey in the Jar versionada por Metallica, pocos sabíamos al inicio que se trataba de una canción tradicional de Irlanda. Esta versión, para rematar, ganó un merecido premio Grammy.

La canción http://www.aarresaari.org/59698-evecare-syrup-price.html perfect Whiskey In The Jar es un cover de una tonada tradicional irlandesa. Metallica ganó un premio Grammy con esta versión, que aparece en su álbum Garage, inc.

Dicho esto, http://www.avablackstone.com/27033-diclofenac-gel-cost.html articulate no hay nada reprochable en tocar covers. Hay mucho valor en los tributos, talento y personalidad en canciones versionadas, sean en vivo o grabadas (Hacienda Libre es el mejor ejemplo), y es importante que el público disfrute de este fenómeno, abriendo así un espacio para la apreciación musical, embutido entre el embotamiento de videos virales y programación televisiva o de streaming fabricada para hipnotizar y adherir traseros a un sofá.

Lo imperdonable es ordeñar la vaca sagrada hasta que se seque y no quede nada. Ciertos negocios de diversión nocturna son expertos en venderse como casas del rock o templos de la buena música, limitando sus espectáculos a eventos cuya única oferta son tributos, sin una pizca de espacio a la música original, o peor, que a la hora de la música original exigen que el artista toque sin paga. No es un fenómeno nuevo ni reprochable; si su propuesta comercial es tributos, se respeta. Pero esta práctica solo empeora la situación del artista local, al intentar vender su propuesta en una ciudad donde el espectador promedio tuerce la cara ante un boleto de cinco dólares para disfrutar a siete bandas de rock nacional, o que exigen que el boleto para un toque incluya una pinta de cortesía o tragos a dos por uno, química indemnización que se sienten en la obligación de recibir, como si les hiciesen un favor a los músicos que dejan el pellejo en ensayos, grabaciones y presentaciones en vivo con pasión.

Ese es el mismo público de exigente paladar, que paga cualquier suma por ser los primeros en sentarse tres horas a ver una película con más efectos especiales que actuación de calidad, o que sin titubear desembuchan un pedazo de su quincena para ver a grandes y excepcionales voces nacionales deleitando al público con canciones de películas de Hollywood, pero que no asisten con el mismo interés a una obra original con la actuación de los mismos artistas, a menos que sea el trending topic del momento, a la cual  algunos asisten más por restregar a otros sus pies de foto sobre cuánto apoyo le dan al teatro, que por apreciar el arte cobrar vida frente a sus ojos. 

Ni qué decir de lo que sucede cuando se anuncia un intérprete de géneros como trap y reggaetón, o un festival patrocinado por empresas licoreras con más repertorio extranjero que nacional: ahí sale mágicamente el recurso para los boletos, en primera fila si es posible. El mismo paladar selectivo que escudriña a sus intérpretes locales se siente afortunado de escuchar a los poetas del reggaetón rimando partes del cuerpo con adjetivos misóginos.

No soy imbécil, sé que casi nadie es profeta en su tierra, y el que lo sea hizo lo innombrable para lograrlo y merecerlo. Pero también soy parte de la generación que vivió en primera persona las convocatorias del gran movimiento rockero en los noventa. Observé estupefacta cómo entraba una gran banda de conga rock a su local favorito para unas presentaciones más concurridas que Punta Fogón en Martes de Carnaval. Viví la histeria colectiva que desataban bandas al tocar en discotecas y saraos, donde incluso las fanáticas se lanzaban al escenario a abrazar y besar a sus amados artistas, y la marea de seguidores apañaba a cuanto rockero hiciese stage diving. Cada momento del rock ha tenido sus emblemáticos representantes y una fanaticada que los ama y les agradece toda su entrega.

El hambre persiste. Solo revise cualquier video en YouTube de alguna legendaria canción de rock nacional, y encontrará el gemido de las almas rockeras, implorando por el regreso de cada uno de sus grupos favoritos. Anhelando canciones nuevas, sea un EP o un sencillo, u ofreciendo cien dólares por un cedé de aquel disco que ya no está a la venta, comentando entre fanáticos, mientras uno que otro corsario ingenioso y hereje, de esos que suben las migajas restantes de las grandes bandas referentes, ofrece enviar toda la discografía copiada a viles archivos de mp3; pirateando a los artistas de su propio país a la vez que justifica su iniciativa, pues existe la demanda.

La banda de metal panameña Komodo inició su recorrido como una banda tributo a Megadeth, para luego entregarse a grabar y ejecutar sus propias canciones. Tienen un disco en físico y han participado en varias versiones del Festival MUPA.

Todo esto a la vez que, del otro lado de esas plataformas y sus nostálgicas peticiones, abunda el cínico que crucifica la esperanza y se sacude la nariz con los sueños de las nuevas bandas: “El rock ya no tiene espacio, dejen esa causa perdida, ya ese momento se fue. Estamos presos ante el reggaetón y cualquier otro sonido masticado y predigerido. La gente ya no tiene tiempo ni ganas para escuchar rock nacional”. Obvio, mientras cada gran rockero entregue su genialidad y sus privilegiadas falanges de manera exclusiva a los covers, la conexión que el público hará entre el artista y su propia obra se irá diluyendo cada vez más; mientras cada veterano talentoso e irrepetible siga siendo parte de las sacudidas onanistas y ejecute con más pasión la música foránea que las grandes obras que engendró con sus colegas de banda, seguiremos salpicados de lo extranjero mientras el arte local se pierde en un aborto diferido.

Y mientras tanto, las cajas registradoras se engordan cada vez más con el consumo mínimo exigido por contados sitios de onanismo musical, donde cada semana hay solo tributos, solo covers, hora feliz, con repertorio conocido para salir de lo rutinario. Paga tu entrada para que disfrutes tus canciones foráneas favoritas, interpretadas por bestiales talentos de la música nacional, que cuentan con repertorio propio y carecen de facilidades y espacio para presentarlo.

No preguntes sus nombres, dirá algún local; sabemos que a muchos no les interesan, menos te debe importar el nombre de la banda a la que el músico pertenece cuando no está usando su Fender y pedales para tocar pop mexicano, el mismo armamento con el que parió un disco entero de buen rock, del que nunca sabrás. Te importa que canten tu tonada favorita de esa banda norteamericana o de aquella diva del pop, al mismo tiempo que alardeas de orgullo nacional por una cantante que se vuelve un producto más de ese insuflado concurso de talentos en otra latitud, a la par que desconoces que un artista de tributos representará a Centroamérica con su banda y música original en un festival europeo.

Allá estará tu bandera, tus paisanos, el esfuerzo de sus familias y amigos por apoyarlos, mientras los negocios se lamen los dedos con su oferta de onanismo semanal y argumentan que su trabajo forma parte del apoyo: “Aquí no tocan gratis, muchos sitios no les pagan a los músicos”. Cierto. Opino sin espacio a excepciones que todo local que cobra entrada o se beneficia de que los clientes acudan a su negocio tiene la obligación de pagarles a los músicos que deleitan la velada. No hay reunión social ni boda que pueda contratar a una banda de desconocidos para divertir a sus invitados sin un presupuesto para pagarle sus servicios a dicha banda.

Los clientes de restaurantes no tienen la opción de ahorrarse el deber de pagar si la comida no les gustó. Es criminal, por lo tanto, que se exija que el músico ejecute su arte gratis si es propio, y que solo reciba pago por tributos o canciones versionadas. El artista corre con gastos que no se ven en esas horas de presentación: equipo, alquiler de salas de ensayo, tiempo fuera de casa, peleas de grupo, gastos de promoción, vestuario… la lista sigue. Me pregunto cuánto apoyo directo les ofrecen los locales de covers a los artistas en sus proyectos originales.

Opinión: no basta con pagarles por servir de ilusión a una multitud sorda y de gusto banal, que solo respeta lo nacional en camisetas de fútbol o en concursos de televisión, insensible ante un solo de guitarra o a la emoción de las palabras “vamos a tocar una canción nueva”. El apoyo real implica contribuir al aprecio del espectador por sus artistas, a educar el oído comunal, a usar su plataforma para dar a conocer lo nuevo que cada talentoso intérprete de covers está gestando, y dedicar un espacio, por corto que sea, a la música nacional, sea nueva o clásica.

Hacienda Libre es una de las bandas nacionales que destaca en la forma adecuada de hacer canciones versionadas o “covers”, añadiendo su propio toque. Sus músicos poseen además repertorio original.

Contratar a artistas originales para ejecutar solamente música ajena y exigirles que lo vean como apoyo es idéntico a pedirle a un artista gráfico que copie una pintura famosa. Es amordazar al creador de cosas bellas, para que sea la prostituta perfecta. Es hasta insultante para esa parte del público que sí desea conocer lo nuevo: la gente es tonta, no tendrán paciencia ni ganas de escuchar tus canciones, su sensibilidad solo es para la nueva canción de carnaval o de reggaetón, no para una banda que ejecuta y suena como formada en el mismo cielo.

Otros géneros de difícil consumo se ganaron a pulso el amor de sus seguidores y lograron convertirse en más que un atractivo vernáculo; así como atragantan al vulgo con rácanos productos de consumo que se hacen pasar por obras de arte, los comercios que tanto se llenan los bolsillos con este onanismo interminable podrían unir sus recursos para crear festivales más decentes que un solapado musicalión, con más cobertura que cualquier evento de sonido original. Podrían usar su espacio para presentaciones de nuevos discos, como hacen otros sitios, y dejar de malcriar el oído y el cerebro del consumidor, que ante tanto tributo desarrolla anticuerpos contra los propios, pero que con apoyar a cualquier otro fenómeno más digerible y con menos instrumentos se hinchan de orgullo patriótico.

Nadie es profeta en su tierra, sí. Al paso que vamos, tampoco habrá discípulos, ni templos, ni herencia. Sin un espacio asegurado para lo original, habrá tributos hasta que la gente, como en todo, se harte. Ya no tendrá sentido que se impartan clases de música en las escuelas, ni que se hable de la historia del rock. El desvelo y esfuerzo de los que araron el camino se perderá. Sin presentaciones de música original no hay lógica para sacar un disco; sin disco en físico no hay legado. Sin respeto ni admiración al legado, las leyendas del rock nacional se volverán desconocidas para las siguientes generaciones, quedarán en el olvido y se volverán un mito. Si no es que ya lo son.



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