Una tarima más…

Todo comenzó con un desplante. La decepción se volvió la excusa perfecta para acudir a un sitio de música en vivo, como en aquellos tiempos cuando vivía a la sombra de la estrella y no conocía las mieles de buscar el propio fulgor. La razón por la que me siento como en casa al escuchar guitarras eléctricas se basa en haber encontrado mi camino como artista bajo el sonido de riffs y solos de una Ibanez, y haber visto por años la ingrata relación amorosa entre una banda y el país en el que les tocó nacer.

Redescubrir la emoción de una experiencia artística en vivo fue suficiente motivación. Pasados varios años, era hora de reconectar con la escena musical que, en una ciudad tan pequeña, imaginé que no podía haber cambiado tanto desde mis aventuras en Unplugged, Lums y El Pavo, famosos sitios en los que se podía escuchar música en vivo. Tiene que haber mejorado. Lo que sobra en las calles es cemento, hay más centros comerciales, hay conciertos que se agotan en horas. El rock en vivo debe estar en un buen momento. Soy yo la que abandonó el amor por la música y me aislé de lo que antes disfrutaba.

Víspera del Día del Padre. En uno de esos huecos convertidos en antro roquero, se presentaba una galería de bandas de las que solo conocía nombres. Añoré los tiempos de Cabeza de Martillo, Xantos Jorge y Rabanes. Tuve oportunidad de disfrutarlos en vivo y la vara quedó tan alta que me preparé para salir sin más memorias que un dolor de oído. Me equivoqué. Esa noche, entre pintas y gente con más atención hacia sus celulares que a la interacción con la música, algo se volvió a encender en mi alma de fanática del rock. Un guitarrista con presencia y autor de tremendas canciones, un cantante y guitarrista zurdo con una voz desproporcionadamente penetrante al lado de su discreta anatomía, y un frontman que logró tatuarse en mis retinas sin hacer mayor esfuerzo que entregar el alma en esas cinco canciones, fueron lo mejor de una noche que, por lo demás, pasó al olvido.

Entre lo predecible, hubo destellos de luz en la penumbra de un género musical que en Panamá está perdiendo un terreno del que antes alardeaba. Una experiencia en la que muchos reconsideran pagar un boleto si no incluye cervezas o algún otro acicate que nada tiene que ver con la música. Dos bandas en especial me devolvieron la esperanza y reanimaron mi interés en regresar como espectadora y fanática del rock en todas sus expresiones. Me tomé en serio la misión de asistir a más fechas.

Llegó diciembre y con él se cierran las agendas, nadie tiene tiempo para eventos que no incluyan compras banales, comilonas de pavo o jamón y licor, mucho licor. El vulgo entra en un trance donde lo que antes parecía costoso ahora es una ganga. Hay tiempo para el tráfico, para la fila de los almacenes, para el estrés de los centros comerciales. No hay tiempo para la música. Pero de alguna forma ellos lo encontraron. Tocar dentro del cronograma de un bazar navideño que más que evento familiar suena a una inmensa venta de patio me sonó un desperdicio. Cuestioné las razones de mis ahora amigos músicos y una lapidaria frase salió de uno de ellos, con resignación:

Es una tarima más.

Un evento no pagado, con un espacio mínimo entre una ejecución de danza del vientre y una selección de villancicos adaptados al típico. Con riesgo de perder miles de dólares por daños de lluvia y sin la certeza de que habrá público. Como guinda del pastel, la publicidad en redes sociales de dicho evento dejaba mucho que desear, como si lo hubiese redactado un adolescente haciendo su tarea con copiar y pegar sin leer el resultado. El irrespeto, los descalabros técnicos, y en especial, el hecho de que todos cobran, menos los músicos. Todos cobran. La persona que se disfraza de Peppa cobra, el chico que rompe los tiquetes de la entrada cobra, los artistas de carreras más longevas cobran. Todos cobran, menos el rock. Al rock le pagan con habichuelas mágicas.

Dirá un inocente que no tengo derecho a cuestionarlos. En los siete años que llevo como escritora publicada, dictando conversatorios y participando en cuanta feria o evento se pueda, cual demostradora de cosméticos, soporté la humillación de ser la única persona en regalar mi trabajo. Asistí a una Feria del Libro en mi propio país como escritora asignada a un puesto de exhibición y tuve que pagar mi propia entrada. Conozco el rostro que acompaña las creativas excusas de los negocios que exigen que el escritor deje su trabajo a consignación, mientras hacen compras directas de Cincuenta Sombras y títulos extranjeros, negocios que colocan los libros de autores panameños en una esquina común, sin más criterio que el orden alfabético de los apellidos o el color de la portada.

No es una tarima más, queridos músicos. Porque ninguno de ustedes es un artista más. La música fue para muchos el refugio que el hogar no nos dio, la terapia que no pudimos pagar, el abrazo que siempre faltó.  Mi corazón de artista despreciada no puede quedarse impávido cuando la poca música genuina y apasionada que suena en Panamá es tratada como ruido ambiental. El escritor tiene el trabajo hecho: el libro ya está escrito. El músico tiene que crear su arte cada noche, en cada fecha, y en cada tarima. Volver a casa a soñar con la siguiente ocasión, ensayar para que el próximo toque sea mejor, y rogar porque sus amigos no le pidan que les regale boletos. Solo el músico sabe cuánto cuesta crear el arte.

Es hora de que todos entiendan cuánto vale.



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